Sunday, 30 December 2018

El arte de perdurar

Este año fui poco al cine. Quizá fue así porque pasé los primeros meses en un país donde el boleto es carísimo o quizá porque, como dicen algunos, fue un mal año para la industria. Sea como fuere, el cambio fue súbito y monumental. Otros años fui a la cineteca cada fin de semana, me salté clases sin pensarlo para ir a funciones únicas, leí todas las columnas de Anthony Lane, Richard Brody, David Ehrlich. Hace poco pensé que otra explicación es que estoy desilusionada. En 2017 cargué una libreta pequeña para escribir sobre las películas que veía. Tras meses de este ejercicio caí en cuenta de que la conversación sobre cine se concentra en dos aspectos: su moralidad y sus formas. Lo segundo, que es lo que me interesa, muchas veces se reduce a la originalidad y lo raro, las excepciones que nos llaman la atención. 

                                                                                                      Ryu Chishu en Late Spring (1949)

Pienso, por ejemplo, en el revuelo que ocasionó la escena del pay de A Ghost Story (2017). El riesgo que corrió David Lowery no fue que a las personas les desagradara o aburriera la escena, sino que sólo supieran hablar de eso; que pensaran la película tan poco y tan mal que su opinión se limitara a ese breve momento estelar de Rooney Mara. Desde luego, hay películas que promueven esto. A veces la aspiración de filmar una escena que perdure, de la que se hable mucho, es evidente y explícita. Lo es en Roma (2018) cuando durante la fiesta de año nuevo un hombre canta, solemne, con un incendio de fondo; en A Girl Walks Home Alone at Night (2016), cuando los protagonistas quedan frente a frente en una recámara y suena Death de White Lies de fondo; en The Florida Project (2017), cuando la última secuencia cambia de formato de súbito, sin previo aviso, y correteamos junto a las niñas en su fantasía triste de Magic Kingdom.

Adam Driver en Paterson (2016)
Se necesita mucha fe para ser un espectador. Como un lector asiduo, el espectador escudriña con disimulo en busca de inspiración constante; se abandona a la diégesis, la realidad de la ficción, porque alberga la esperanza de que llegarán escenas, en efecto, grandiosas. Es espantoso cuando el mundo le interrumpe y se descubre en una sala de cine medio iluminada, rodeado de personas que susurran y se ríen aunque no hay nada risible en pantalla; pero qué horrible cuando quien interrumpe es la propia película para anunciar su majestuosidad. Una escena bien lograda fluye con el resto de la película. Es auténtica. En el final de Late Spring (1949), el padre de Noriko llega a su casa vacía después de la boda de su hija, la única familia que le queda. El hombre se sienta, comienza a pelar una manzana y finalmente se permite el llanto; se derrumba por su pérdida y por la soledad que le aguarda. En Phantom Thread (2017) la cámara sigue a Reynolds mientras éste busca a Alma entre la muchedumbre de una fiesta. La encuentra recargada en una pared y la toma se sostiene mientras se miran fijamente con amor y desesperación. Ambas escenas, aunque emblemáticas, no dejan de lado el resto del guión ni sobresalen de manera absurda. Son auténticas, pues; armónicas.

Hay también escenas bellísimas que pueden o no ser memorables. En Güeros (2014), Sombra tiene un ataque de pánico y la película lo representa de la manera más extraordinaria: el coche en el que está se llena de plumas. En Paterson (2016), la cámara encuadra el personaje de Adam Driver y él cubre su rostro, avergonzado ante la mirada de su novia y la nuestra, y se descubre sólo para formar una sonrisa genuina y cálida. Estas escenas, creo, son mis favoritas; guiños veloces e íntimos que no se comparten, que para unos son y para otros pasan desapercibidos. 

Thursday, 27 December 2018

Llovía más antes


No sé en otros lados, pero en Monterrey llovía más antes. Llovía más y llovía muy intensamente: las gotas eran gruesas, pesadas, caían sobre el pavimento con violencia. Una caía, caía otra y en cuestión de segundos estábamos en medio de un arreciar de gotas suicidas, plaf plaf plaf; corríamos a buscar refugio en el carro, la tiendita de la esquina, la casa de la vecina que nos caía mal. Las tardes se iban enteras en ver llover. Asomábamos la cabeza y sacábamos el brazo por la ventana para sentirnos parte del cielo que caía, reíamos ante el regaño predecible de los adultos. Las lluvias antes eran torrenciales. Esos días tenía más sentido el regionalismo para referirnos a la llovizna terca y molesta, chipi chipi, porque entendíamos que la lluvia es por naturaleza vigorosa. “Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve”, escribió Cortázar, pero yo no sé, mirá, a mí me gustaban los días así, tupidos, grises, ventosos. Ahora se desdibujan en mi memoria y los recuerdo tal vez con injusticia, más fogosos y fantásticos.

Pero recuerdo mi infancia lluviosa. Se formaban charcos en la banqueta y mi hermano saltaba con malicia para salpicar mi ropa y hacerme gritar. Se inundaban los parques y pasábamos horas cazando renacuajos. Ninguno sobrevivía la travesía de vuelta a casa, pero días después aparecían de cualquier forma sapos gigantescos en el patio, inflando sus pulmones y croando sin parar. Había tormentas que se extendían hasta bien entrada la noche; los truenos nos estremecían y mi abuela tapaba todos los espejos de su casa, sobre todo el espejo enorme del peinador, para que los rayos no nos alcanzaran. Llovía y las mujeres que se quedaban en sus casas sintonizaban la radio o encendían la televisión, preocupadas, para saber si algún desafortunado había derrapado en el asfalto mojado. Llovía más y llovía muy intensamente y cuando por fin la lluvia paraba, las montañas se pintaban de amarillo, rojo, naranja; colores que se sabían perfectos para regresar después en palabras.

Tuesday, 11 December 2018

El Colegio de México

En retrospectiva podemos decir que idealicé mucho El Colegio. Es normal. Empecé la licenciatura cuando tenía dieciocho años y recién salía de la preparatoria. Quería estudiar ahí desde que iba en segundo de secundaria; escuchaba palabras elogiosas de otras personas, leía esas columnas famosas y los tantos libros que, en Monterrey, sólo se consiguen en el único Fondo de Cultura Económica de la ciudad. Me emocionaba salir de casa de mis padres y tener una vida en la Ciudad de México, pero sobre todo, y honestamente, me emocionaba mucho aprender de Soledad Loaeza, Fernando Escalante, Marta Tawil, Lorenzo Meyer. Un año antes de que abriera la convocatoria hablé con algunos de sus estudiantes y ellos me vieron entre enternecidos y divertidos, como a una niña ilusa que no sabe lo que le espera.


Hay aspectos negativos que son inevitables, por supuesto: el horario se organiza de tal modo que tengamos que pasar todo el día ahí, somos tan pocos que es difícil pasar desapercibidos, “estamos condenados” a socializar entre nosotros. Las épocas de finales son espacios liminales donde se duerme poco o nada y a veces se estudia también entre sueños. Hay exámenes para los que es imposible predecir el resultado sin importar cuántas horas hayas estudiado. Pero también hay un placer innegable en desarrollar ensayos, contestar preguntas con nerviosismo y agudeza. Un examen bien hecho, como los exámenes larguísimos de Gerardo Esquivel, siempre enaltece: el estudiante reconoce que ha aprendido y que lo ha hecho bien. Así nos volvemos adictos a estudiar, responder y, sobre todo, a demostrar que sabemos y al sentimiento eufórico de “hacer las cosas bien”. Sobra decir que abundan las compulsiones ridículas: piernas temblorosas, dedos que tamborilean, ojos que parpadean involuntariamente. 

En El Colegio conocí a una profesora que admiraba y me decepcionó. Por más excelentes que fueran sus clases, la recuerdo más hundida en el halo de terror que infundía y por la tensión que crecía en nuestro salón en cuanto entraba. También encontré profesores que me inspiraron más amor por aprender que cualquier otra cosa: uno me dijo que me perdonaba el no hablar en clase porque le gustaban mis textos, otro me enviaba ensayos que creía que me interesarían con notas graciosas, otra me dijo que le agradaba que no leyera “basura de actualidad” y me remitió a más novelas, más poemas, más cuentos rusos. Me dijo, altanera y brillante, que le aburrían el socialismo y el feminismo, que la única causa que abanderaba era la de no dejar de leer buenos libros. Por ellos sé que la vocación de enseñar trasciende el aula y se materializa en el estudiante que indaga y devora. Un profesor que me dio dos clases muy buenas hoy tiene problemas con la justicia y difícilmente enseñará a las nuevas generaciones; otro, profesor invitado de Harvard, tampoco volverá a enseñar. El acoso y el abuso son terribles, pero lo son más cuando vienen de alguien que admiramos, que tiene todo para ser una inspiración y en su lugar decide provocar desasosiego. Para ellos no hay perdón. 

En El Colmex son famosas las generaciones de estudiantes que se llevan mal: se esconden los libros de la biblioteca, ponen en evidencia las fallas de sus compañeros durante sus presentaciones, hablan con sorna y pisotean en su afán por quedar bien ante los profesores. Yo me enamoré en El Colegio. Hice amigos que me han llevado al hospital, que me han visto feliz y de luto. Las autoridades repiten hasta el cansancio que la biblioteca es el corazón de la institución (por culpa de Teodoro González de León, que en paz descanse), pero es más fácil invocarlo en las conversaciones apasionadas sobre el café malísimo de la cafetería, los pasillos y las impresiones, las carcajadas que salen de la destartalada sala de estudiantes. El Colegio me formó, pero crecí gracias a un puñado de profesores que plantaron las preguntas correctas y a mis queridos compañeros, quienes dieron sentido a todo lo demás. Para ellos sólo tengo amor infinito. 

Saturday, 8 December 2018

El escritor

El escritor es un hombre, por supuesto. Podría mentir y decir que es ella, mujer de pelo alborotado y semblante apacible, pero la verdad es muy difícil dejar el masculino genérico y la misoginia propia. El escritor es, pues, un hombre que vive encerrado largas horas silenciosas. Se despierta a las cinco de la mañana todos los días, sin necesidad de relojes o manos que toquen sus hombros con suavidad. Al alba toma agua simple o café negro y, cuando es inevitable y el cuerpo se lo exige, se zampa una comida pequeña: un pedazo de carne, una sopa. Está convencido de que comer, como el sexo y cualquier placer carnal, mata los pensamientos. No es de sorprenderse, entonces, que el escritor se desentienda de sus amantes cuando está inmerso en las letras; que goce enamorándose, pero sólo porque en la despedida es más productivo que nunca. El escritor no escribe jamás con intenciones de moralizar. Aunque tiene un puñado de principios inamovibles, se jacta constantemente de separar su arte y su militancia. Su ímpetu artístico, dice, proviene de la estética, de la necesidad imperante por compartir pensamientos y pasiones. Aunque es natural que el lector capte sus inclinaciones políticas o religiosas, el escritor nunca dedica sus palabras a una causa que no sea la belleza. El escritor sabe que su enemigo más grande es la pereza. El día que no se obligue a estar sentado por horas, produciendo apenas dos o tres oraciones, dejará de llamarse a sí mismo escritor. A veces la hoja de papel se le aparece demoníaca, como un velo que, al levantarlo, desenmascaría una sonrisa terrible. Pero la dificultad de tomar la pluma y obligarse a trazar letras se compensa con saberse disciplinado, constante, dedicado. Su vocación es escribir y hacerlo es la única manera de dar sentido al rostro que ve en el espejo. A veces de su pluma brotan párrafos incoherentes, pero el escritor sabe que no hay ofensa en describir las franjas que se cruzan en la pluma de un ganso, el arreciar de la lluvia sobre el cristal de la ventana, el cráter infinito que oculta la pupila de su amada. El escritor es arrogante y opina que a las palabras —las suyas, sobre todo— no se les debe exigir nada: ni narrativa, ni lógica. Es ridículo nombrar o categorizar todo lo que no cumple expectativas (¡cómo detesta cuando los críticos describen sus textos como “prosa poética”, aunque lo digan mientras lo elogian!)

Friday, 3 August 2018

さようなら, 日本


Hiroshima es un alarido. Lo componen esculturas en memoria, en defensa, en honor; el triciclo achicharrado de Shin, el niño de tres años que jugaba cuando cayó la bomba; el kimono de la abuela que preparaba el desayuno; los zapatos, los binoculares, el reloj de bolsillo que se detuvo a las 8:15. Víctimas. Las bombas borraron la masacre de Nanking, las esclavas sexuales del Ejército japonés, sus crímenes en Corea. El final feliz. 

2. Los cerezos son casi siempre blancos y se esfuman en pocos días. Se respira distinto cuando florecen. 

3. Desde el tren bala se admiran kilómetros de vegetación. Sauces, castaños y olmos serpentean entre pastizales y se atisba una que otra vaquita feliz. Pero abundan también las estructuras inútiles y horribles, los bloques de cemento que irradian calor bajo el sol de julio. Cool Japan, le llaman.

4. Hay sacrosantos. La isla de Miyajima, al oeste, está aislada de las luces y los sonidos urbanos. El torii se eleva, imponente, y su reflejo brilla naranja en el agua. El cielo se traga la tierra y todo lo que en ella existe. El templo vacío. La marea sube y baja. 



5. En Shinjuku voy sola a La Jetée, el bar que frecuentan Tarantino, Coppola, Juliette Binoche. Es diminuto, con espacio para siete u ocho personas. Tomoyo-san, la dueña, habla francés fluido e inglés un poco. Me cuenta chismes y habla sobre Ozu con mucho cariño. Lloro y le da risa.  

6. Mi amigo y yo nos sentamos en la barra de un izakaya. Somos los únicos clientes y el dueño parece encantado con nuestra presencia, aunque sus ojos me evitan.

Wife? 

Iie, tomodachi desu. (No, es mi amiga)

Me escudriña al fin.

Hanbun nihonjin desuka? (¿Eres mitad japonesa?)

Iie, mekishikojin desu. (No, soy mexicana)

Su atención se desvía de nuevo hacia mi amigo, también mexicano. Posa los ojos en mí un par de veces más, revisa que no me falte sake. Salimos después de dos horas de sus risas, mi silencio y un corte exquisito. Mi amigo entre feliz y vacilante.

— Es bien chido el cabrón, pero como que sí se pasan de verga con las mujeres, ¿no?

7. Hikari dice que soy más japonesa que él. Le pregunto qué es “ser japonés”. Se toma su tiempo para responder. No sé, dice, es como ser muy callado pero tener muchas cosas dentro; por eso luego la gente se mata. Ah no mames, gracias. Hikari se carcajea porque ya entiende mis groserías. 

Thursday, 31 May 2018

Ana Karenina y la pregunta de dios

Los libros por los que siento especial afecto son los que han alterado mi proceso de lectura, mi corta vida como polilla empolvada. Aquí encuentro libros infantiles, novelas, libros de filosofía y feminismo, pero una congregación así resultaría en una lista desastrosa e incoherente. Por eso cuando una persona me pide que le recomiende un libro mi primer respuesta siempre es Ana Karenina. Estoy segura de que piensan que la elijo porque es un clásico, porque es rusa o simplemente porque es una respuesta que te hace ver bien (por eso también me gusta recomendar, con el mismo ahínco, El rey Arturo cabalga de nuevo, más o menos). 

Hay procesos lentos, tanto imperceptibles cuanto reflexivos, que definen nuevas ideas que suplirán las infantiles. Ana Karenina fue, para mí, el clímax de una transición invisible. Leí el libro y lloré, lo releí la semana siguiente y lo escondí con celo, con miedo irracional de arruinar una experiencia que había sentido penosamente íntima. Ana Karenina se lee como una novela de amor trágico, pero en realidad (y como buena novela rusa) es también una maraña de religión, política, sociedad. Hay una segunda trama que se concentra en Levin, un hombre aristócrata y terrateniente interesado en el campesinado ruso. Durante la mayor parte de la novela Levin se encuentra perdido en el absurdo y se tortura por no lograr ser un hombre de fe. La muerte de su hermano hace que se enfrente a su ateísmo y esto marca su descenso desenfrenado a un lugar sombrío y depresivo; considera suicidarse, se casa con Kitty, tienen un hijo y Levin sigue sin lograr creer en dios. Hacia el final de la novela, durante un intercambio desesperanzado con un trabajador, Levin tiene una epifanía espiritual. Se convierte en creyente de manera abrupta, en un par de páginas, cuando hemos presenciado su suplicio por cientos. 

Leí Ana Karenina cuando cursaba segundo de secundaria en un colegio católico. Puedo recitar el credo, conozco la historia papal, me he confesado y comulgado; pero mi familia no es religiosa y yo nunca fui creyente. Pasé once años en un limbo donde veía rezar a mis compañeras y movía los labios sin creer lo que decía, como quien canta el himno nacional un lunes por la mañana. La obligación de fingir era agotadora, pero también hizo que me preguntara si me estaba perdiendo de algo espectacular. Levin envidiaba que otros tuvieran “la verdad” que a él se le negó. Yo me preguntaba si había algo envidiable en una fe que exigía tanto más que moralidad de espíritu. 
 Levin ilustrado por Helen Mason en una edición de 1919. 

Levin leyó a Platón, Spinoza, Kant y Hegel para dar alivio a su escepticismo, pero los encontró demasiado abstractos e imposibles. Las ideas de lo inmaterial no le atravesaban ni esbozaban siquiera una respuesta a su pregunta; las tesis filosóficas eran poco más que un “pensamiento artificial” y le resultaron inútiles. Aunque fantaseó con matarse repetidas veces, siguió viviendo y eventualmente obtuvo la clarividencia que deseaba en el momento más insospechado: no leyendo filósofos ni hablando con sacerdotes, sino charlando en el campo con uno de sus trabajadores en un día cualquiera. Lo más estremecedor de la novela es que Ana, la hermosa Ana, comparte las mismas preguntas existenciales que Levin, el mismo terror por el absurdo y lo perecedero. Pero Ana no consigue establecerse en un matrimonio feliz y su único momento de claridad es que le es insoportable seguir viva. Levin pronunció varias veces sus intenciones de suicidarse, pero Ana sólo lo piensa una vez y se convence en el acto. Leer Ana Karenina es encontrar el mismo dolor incrustado en dos personajes tan similares y sufrir el desenlace de sus destinos divergentes. 

La máscara cristiana de Levin se sintió como mi máscara católica, pero yo nunca gocé de su epifanía. Sentí un alivio inmenso el día que dejé de pisar iglesias en las que no creía y dejé de persignarme con dedos titubeantes. Sin embargo, mi atracción y embeleso por los momentos de iluminación no cesó, sobre todo cuando éstos dieron un final alternativo a mis expectativas forjadas por Tolstoi. En El idiota, el príncipe Myshkin tiene momentos intensos de lucidez antes de sus ataques epilépticos que refuerzan su fe cristiana; la temporalidad de su certeza es tan cuestionable como los sentimientos de cualquier hombre que se siente morir. Me encontré después con el querido Stephen Dedalus, quien en El retrato del artista adolescente tiene una epifanía en la cúspide de su crisis de fe, pero ésta no es ya divina, sino estética. Stephen observa a una muchacha en un río y lo consume la necesidad de escribir, de describirla. Se enamora fugazmente y para siempre de la belleza terrenal; decide dedicarse al arte y abandonar una posible vida como sacerdote. Quizá son estas epifanías, efímeras y profanas, a las que todos podemos aspirar.
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Friday, 23 March 2018

Mis mujeres y mis letras y mi nombre


Mi madre empezó a coleccionar los libros que serían de sus hijos antes de quedar embarazada. Mi madre, la única lectora en su familia de cinco hermanos, se atrevía pocas veces a pedir dinero a mi abuelo para comprar un libro. Cuando esto ocurría él le preguntaba para qué quería otro si ya tenía tres, como si El Libro fuese un objeto inmutable que ofreciera lo mismo en todas sus presentaciones. Mi abuelo le había prohibido estudiar psicología y ella se había matriculado en enfermería como sus hermanas mayores. Mi abuelo se casó con mi abuela cuando ella tenía trece años y él más de treinta; pasó un día por el pueblo en que ambos vivían y la vio en la plaza y le gustó.  

Mi abuela siempre se iba a pasear a la Ciudad de México con sus hijas y sin mi abuelo (porque a él no le gustaba salir de Monterrey, le irritaba, pero igual dejaba salir a Melita con las niñas porque se portaba buena onda y pronunciaba su nombre con cariño). Mi abuela amaba el cine y llevaba seguido a mi madre al matiné. Pasaban mañanas o noches enteras viendo películas con desconocidos al aire libre, en campos de béisbol donde colocaban la pantalla en los días más cálidos. Cuando mi abuelo murió, mi abuela le dijo a mi madre de dieciocho años que dejara la carrera de enfermería y estudiara lo que quisiera, que ella vería cómo le hacían aunque no tuvieran dinero. Hace pocos meses nos encontramos a una ex profesora suya y ella se inclinó para decirme en confidencia que mi madre era una de las estudiantes más brillantes que había tenido. Mi abuela, como mi abuelo, no fue sostén intelectual para mi madre; no era una mujer educada ni entendía para qué chingados quería su hija más libros. Pero mi abuela jamás necesitó a nadie, ni siquiera a mi abuelo cuando era una niña. A ella debo tantos fines de semana de sala de cine en sala de cine y el insuperable sentimiento eufórico de ser testigo de algo bello.

En 1994, cuando nació mi hermano, mi madre ya había adquirido todas las colecciones infantiles de CONAFE. Durante nuestra infancia Lucas y yo sacamos todas las ediciones de los estantes y leímos en el piso fresco de la sala. Mi madre inventaba cuentos cuando nos llevaba a la escuela. Uno de sus favoritos era una suerte de adaptación de Cien años de soledad en la que prolongaba el fragmento inicial sobre la tarde en que el padre del Coronel Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo. Mamá siempre hablaba de la Conquista y equiparaba este momento con la fascinación de los aztecas por los objetos brillantes y sin valor que trajeron consigo los españoles. Mamá leía todos los apuntes de mis clases de historia y estudió otra vez conmigo la primaria y la secundaria y todo lo que yo he estudiado porque así goza.


Durante la primera mitad de la década de los 2000 mis padres todavía nos llevaban a pasear en coche. Digo todavía porque después de 2008 fue impensable recorrer decenas de kilómetros entre el tracatraca de las balaceras y los cuerpos decapitados que a diario se pintaban en la portada de El Norte. Pero antes de 2008 los traslados de Monterrey al sur del país estaban llenos de rayos amarillos que se colaban por el vidrio caliente, de jugo de naranja que comprábamos en la carretera y paradas continuas en panaderías y restaurantes locales; música que ya no escucho reproduciéndose en un mp3 azul eléctrico y los libros de El señor de los anillos que quedaron arrugados y rotos en los asientos. Amé todas las páginas hasta que se desgastaron. 

Mamá se negó a firmar por Rodrigo Medina y se niega por el Bronco y no maquilla CVs y no firma contratos y pelea y se queja y ya saben cómo son las cosas. Y cuando llega a la casa abre la puerta y me dice estoy preocupada porque hoy dije esto y quizá me despidan mañana. No te despiden, mamá, ellos ya saben que nada más tú eres buena para la chamba. Nosotras ya sabemos que los demás son del Bronco para el Bronco; de Medina para Medina… y así, infinitamente; que ganan mucho por nada pero sí por hacer lo que ellos quieren. Y ella dice yo quiero que tú trabajes en un lugar donde puedas hablar sin temor a las represalias.

Cuando estaba en la secundaria me dijo que El Colegio de México porque Alfonso Reyes y quién más si no es Alfonso Reyes. No importa que te vayas sola, me dijo y yo creo que se dijo, yo te veo allá y no te veo en Monterrey. Cuánto tío no exclamó algo en reuniones al saber que me iba yo, mujercita de dieciocho años, al distrito federal ¡y sola! ¡Sin familia ni amigos ni nada! Y cuando me entrevisté en El Colegio de México también la pregunta del tercer profesor, con el rostro escondido entre el tiradero de libros de su escritorio y los ojos clavados en el monitor de su computadora: ¿Y no te da miedo venirte sola a la Ciudad de México? ¿No tienes ni una tía o algo? Y yo, no, no tengo a nadie, pero quiero estudiar aquí y no me importa estar sola.

Mi abuelo se llamaba Lucas, como mi hermano, pero yo me llamo Azucena como mi madre. Mi madre me nombró por ella y siento que mucho mío es suyo, que mucho suyo es sangre caliente y sentimiento y protesta y qué felicidad y qué honor ha sido ser un poquito ella en este mundo.
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