Hace días abrí una hoja de Excel y me senté a inventariar los libros que he acumulado los últimos años en la Ciudad de México. Con semejante proyecto debo aclarar que no se trata de una cantidad impresionante ni valiosa. Conté poco menos de 300. Como estudiante foránea de corto presupuesto, me parece significativo qué libro decidí comprar y cuál leí en PDF o saqué de la biblioteca.
No me motivó el miedo a perder un título ni mi obsesión por los pares. Me gusta pensar que puedo desprenderme de cualquier libro con facilidad, que cuando llegue el momento no me costará vender o regalar kilos de papel para que aterricen en otros regazos y otras lectoras se irriten porque subrayé y anoté en los márgenes. Pero, al fin, son objetos que han vivido bajo el mismo techo que yo mientras transcurrían años formativos: mi temblorosa “etapa universitaria”. Sin duda esta biblioteca, intrascendente y nada espectacular, es lo más personal que tengo y la manera más fácil de evocar días específicos y pensamientos caducos. Sé que leí Franny and Zooey en una cama de hospital, Lo lingüístico es político en la fuente seca de un parque de la Roma, durante la hora de comida de mi primer trabajo, y El arte de perdurar en el aeropuerto. Me regalaron libros con dedicatorias que hoy sé tan marchitas y penosas que seguramente jamás volveré a leerlos: los mensajes eclipsaron al libro mismo. Hay una risible e intacta edición rusa de El idiota porque a un chico le pareció buena idea obsequiarme un libro en un idioma que yo no entendía, pero él sí.
Creé una columna para el año de edición, y al abrir las tapas para corroborar el dato cayeron fotos infantiles, papeles doblados con disculpas apresuradas, boletos de la Cineteca, recibos, post-its, postales. Algunas personas guardan flores en los libros. Casi ninguna deja, voluntariamente, su intimidad: llevamos prisa y cerramos el libro con la foto del novio adentro y de pronto el novio es exnovio y olvidamos que su rostro está entre las páginas de Crónicas marcianas, con la eterna mirada serena hacia el frente, esperando que lo descubran. En los gordos libros de historia de China y Japón, Economía y sociedad y la Nueva historia general de México permanece la caligrafía de mis compañeros de banca, dibujitos y burlas que se nos ocurrían durante las clases: “Hasta él mismo se da sueño”, escribí en respuesta a mi amiga cuando un profesor bostezó largamente, con gusto, mientras daba cátedra. Así, también tengo libros con dedicatorias de otras personas a otras personas y alguien sabrá que existí porque garabateé mi nombre en una primera página.
“Para Ana y Andrés, para que tengan qué leer mientras regreso”, escribió Tomás Segovia en la primera página del Alegatorio que descubrí en los anaqueles de la extinta librería A través del espejo, en la Roma. Pienso Dios mío, pues sí, este libro es irremplazable: contiene una cariñosa e inmortal promesa de vuelta.
Otros datos aleatorios:
El libro más viejo que tengo es Digging Up the Past: The Romance of Archaeology, de Sir Leonard Woolley. Es de 1937 y lo publicó Penguin Books. El segundo más viejo es Un trompo baila en el cielo, de César Garizurieta (Ediciones Botas, 1942).
Los autores que más se repiten, en orden descendente, son Alfonso Reyes, Virginia Woolf, George Steiner, Tomás Segovia, Yasunari Kawabata y Pilar Gonzalbo Aizpuru.
De los libros:
65% los escribieron hombres. 35% los escribieron mujeres.
24 fueron un regalo. 8 son de autoras.
62% son novelas, ensayos y poemarios. El resto lo clasifiqué como Historia, Antropología, Estudios Literarios y Ciencia Política. Hay tres títulos que no encajan con las categorías: La luz en la naturaleza y en el laboratorio, de Ana María Cetto (Física), Microbios y enfermedades, de Ruy Pérez Tamayo y El sueño: la conciencia y la vigilia de Michel Jouvet (Ciencias de la Salud). No he leído ninguno.
Ahora tengo preguntas.
¿Abandonar libros en un parque será un buen ejercicio de desapego?
¿Las personas recordarán que me dieron x libro, o sólo lo sabré yo porque me quedé con la constancia y el oficio?
"¿Qué libro no querrías perder?", me preguntó un amigo. No sé.

