El mundo tiene nombre;
pretendemos adivinarlo a tropezones.
ii.
Tardé en reconocer que es un pecado usar las palabras como flores. Pero ahora procuro medirlas y tratarlas con respeto, como trazos cargados de significado. Asesto un golpe fatal a mis excesivos alardes de prosa poética. Quiero narrar sin florituras y así encarnar todos mis miedos.
iii.
Marta Lamas dice que despertó al feminismo por una charla de Susan Sontag en la UNAM, por allá de 1971. La escuchó con atención, como quien de verdad atiende y considera la existencia de otro cuerpo parlante. Ahí captó unas pocas palabras que fueron el origen del resto de su vida. Entonces surgen las ideas: en soledad y con un libro en el regazo. O en la UNAM, con Susan Sontag. O en medio de una conversación, que es quizá la mejor manera de germinar ideas como plantas. Como flores.
iv.
A veces, si la cosa de verdad no puede ser mejor, El Profesor inspira y el alumno decide de pronto que quiere ser antropólogo-historiador-politólogo-científico social. Quiere ser El Profesor, quiere fundirse en él, que es la prueba más irrefutable de amor (o de enfermedad mental).
v.
Dicen que hablando se entiende la gente, pero si tú y yo nos entendemos es porque tenemos en común algo muy azaroso o vulgar.
vi.
En los libros las palabras se quedan quietas (no como en tu boca, de donde salen despedidas y reanimadas). En los libros subrayo y mis preguntas duermen grabadas en sus márgenes, y años después alguien las lee en Donceles o El Hallazgo o cualquier otra librería de viejo. No le importa quién soy y que no le entendí a Joyce, sólo se molesta por esa bonita edición rayada con pluma azul.
vii.
¿Cuánto tiempo he dedicado a vocalizar el pensamiento amorfe?