Wednesday, 22 December 2021

Invitación


En mis sueños descubro, con iluminadora frecuencia, el patio de mi escuela primaria. También invoco las tarimas de los salones; mi pupitre, que con compulsión abría para observar y ordenar los lápices de colores; los pasillos tapizados con mosaico rojo; los jardines; el verde olor a césped recién cortado y el sonido del balón que retumba en el techo; la escultura de piedra de la Virgen de Guadalupe, a cuyos pies fríos dejábamos rosas, bugambilias y lirios blancos el día doce. Mi mente reconoce atisbos de la procesión de faldas cuadriculadas y zapatitos azules que día a día creció conmigo. Pero, sin falta, el patio regresa con insospechada fuerza a mis sueños, y no hay un alma en mi recinto onírico favorito. 


Éste fue, durante muchos años, un colegio de niñas. 


El patio central, que unía la enorme U conformada por los diecitantos salones, era el destino ineludible de las miradas perdidas que atravesaban las ventanas. Allí no gobernó la dictadura de Un Grupo de Niños Jugando Fútbol. Tampoco fue centro de insultos, jaladas de pelo, risas estruendosas o puñetazos casuales. Durante mi estancia, al menos, el patio quedó por completo impoluto de playeras sudadas, caminos de tierra y sangre, escupitajos y brebajes (que los estudiantes de L.S., en cambio, preparaban con esmero en el baño de su propia escuela). 


El patio era un sencillo bloc de concreto, helado o caliente según la temporada; un mundo silencioso y pacífico que pisábamos sólo cuando salíamos del salón para ir al baño, el único paseo escolar que ha importado. Permanecía vacío incluso durante los recreos, porque la mayoría había elegido el piso y las banquitas de los pasillos, y era allí donde las alumnas se sentaban con las piernas cruzadas, procurando obstruir la visión ocasional de sus calzones rosados, y desnudaban el lonche de aluminio manchado de mayonesa. Adormecidas por el rumor de las palabras y los bostezos, y quietas, siempre quietas, pasábamos treinta minutos de cómodo sopor colectivo en nuestro anillo periférico antes de volver a clase. 


Respetábamos el patio como un maravilloso cuadro de posibilidades, o quizá no concebíamos que estaba ahí para que lo camináramos. Si no conquista, sí existencia. 


Cuando sueño con él, me siento postrada frente a un ancho mar negro, infinito. Las olas suben y bajan. Su sosiego me invita y leo en él la promesa de una travesía estrellada, si es que algún día quisiera yo emprenderla. Veo el patio con la inmensidad de mis ocho años, es decir, con los ojos encandilados de una niña en un mundo que se abre con velocidad vertiginosa. Y pienso.



Monday, 12 July 2021

Libros, mudanzas



Hace días abrí una hoja de Excel y me senté a inventariar los libros que he acumulado los últimos años en la Ciudad de México. Con semejante proyecto debo aclarar que no se trata de una cantidad impresionante ni valiosa. Conté poco menos de 300. Como estudiante foránea de corto presupuesto, me parece significativo qué libro decidí comprar y cuál leí en PDF o saqué de la biblioteca. 


No me motivó el miedo a perder un título ni mi obsesión por los pares. Me gusta pensar que puedo desprenderme de cualquier libro con facilidad, que cuando llegue el momento no me costará vender o regalar kilos de papel para que aterricen en otros regazos y otras lectoras se irriten porque subrayé y anoté en los márgenes. Pero, al fin, son objetos que han vivido bajo el mismo techo que yo mientras transcurrían años formativos: mi temblorosa “etapa universitaria”. Sin duda esta biblioteca, intrascendente y nada espectacular, es lo más personal que tengo y la manera más fácil de evocar días específicos y pensamientos caducos. Sé que leí Franny and Zooey en una cama de hospital, Lo lingüístico es político en la fuente seca de un parque de la Roma, durante la hora de comida de mi primer trabajo, y El arte de perdurar en el aeropuerto. Me regalaron libros con dedicatorias que hoy sé tan marchitas y penosas que seguramente jamás volveré a leerlos: los mensajes eclipsaron al libro mismo. Hay una risible e intacta edición rusa de El idiota porque a un chico le pareció buena idea obsequiarme un libro en un idioma que yo no entendía, pero él sí. 


Creé una columna para el año de edición, y al abrir las tapas para corroborar el dato cayeron fotos infantiles, papeles doblados con disculpas apresuradas, boletos de la Cineteca, recibos, post-its, postales. Algunas personas guardan flores en los libros. Casi ninguna deja, voluntariamente, su intimidad: llevamos prisa y cerramos el libro con la foto del novio adentro y de pronto el novio es exnovio y olvidamos que su rostro está entre las páginas de Crónicas marcianas, con la eterna mirada serena hacia el frente, esperando que lo descubran. En los gordos libros de historia de China y Japón, Economía y sociedad y la Nueva historia general de México permanece la caligrafía de mis compañeros de banca, dibujitos y burlas que se nos ocurrían durante las clases: “Hasta él mismo se da sueño”, escribí en respuesta a mi amiga cuando un profesor bostezó largamente, con gusto, mientras daba cátedra. Así, también tengo libros con dedicatorias de otras personas a otras personas y alguien sabrá que existí porque garabateé mi nombre en una primera página. 




“Para Ana y Andrés, para que tengan qué leer mientras regreso”, escribió Tomás Segovia en la primera página del Alegatorio que descubrí en los anaqueles de la extinta librería A través del espejo, en la Roma. Pienso Dios mío, pues sí, este libro es irremplazable: contiene una cariñosa e inmortal promesa de vuelta.


Otros datos aleatorios:


El libro más viejo que tengo es Digging Up the Past: The Romance of Archaeology, de Sir Leonard Woolley. Es de 1937 y lo publicó Penguin Books. El segundo más viejo es Un trompo baila en el cielo, de César Garizurieta (Ediciones Botas, 1942). 


Los autores que más se repiten, en orden descendente, son Alfonso Reyes, Virginia Woolf, George Steiner, Tomás Segovia, Yasunari Kawabata y Pilar Gonzalbo Aizpuru.


De los libros: 


65% los escribieron hombres. 35% los escribieron mujeres. 


24 fueron un regalo. 8 son de autoras. 


62% son novelas, ensayos y poemarios. El resto lo clasifiqué como Historia, Antropología, Estudios Literarios y Ciencia Política. Hay tres títulos que no encajan con las categorías: La luz en la naturaleza y en el laboratorio, de Ana María Cetto (Física), Microbios y enfermedades, de Ruy Pérez Tamayo y El sueño: la conciencia y la vigilia de Michel Jouvet (Ciencias de la Salud). No he leído ninguno. 


Ahora tengo preguntas. 


¿Abandonar libros en un parque será un buen ejercicio de desapego? 


¿Las personas recordarán que me dieron x libro, o sólo lo sabré yo porque me quedé con la constancia y el oficio? 


"¿Qué libro no querrías perder?", me preguntó un amigo. No sé. 







Friday, 13 March 2020

Julio César González Moreno


¿Qué busco, para qué escribo todo esto? Ésta es una reflexión a casi un año. Ésta es mi denuncia, Julio. Es para ti, porque sólo tú y yo sabemos qué pasó, cómo fuimos el uno con el otro. Haz con ella lo que desees: ignórala, ríete, habla de cómo estoy ardida o no sé. Léela con seriedad, como una carta de alguien que te conoció bastante bien. Hay personas que te quieren y por eso me vilifican y no me han dado la voluntad de la escucha. Aquí tienen toda la información que no han aceptado. 

Julio, durante meses escuché tu insulto en los momentos más inesperados: 

chinga tu madre, puta
chinga tu madre, puta
chinga tu madre, puta
chinga tu madre, puta
chinga tu madre, puta

esperando el metrobús, cocinando, corriendo, en el trabajo. A veces sólo me despertaba pensando en eso, obsesiva, hasta que me obligué a ir a terapia y me dijeron que tenía que medicarme por estrés postraumático. ¿Ya te habían degradado mientras tenías relaciones sexuales? No, nunca me habían insultado; y todavía a la mañana siguiente le dije que tenía que comer algo porque estaba crudísimo y me vio con ternura como diciendo “Esta morra sí perdona absolutamente todo” y fuimos a un pinche Toks. Cómo odio el recuerdo de esa mirada cargada de condescendencia, de saberme sometida.

El segundo pensamiento que reconocí fue cómo contaba los meses que habían pasado desde ese horrible día de mayo: junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero, febrero, nueve meses, casi un año ya. Como para asegurarme de que no soy la misma persona y ya no duele igual. Todo eso ya no está pasando, pasó. Hace un par de meses aluciné tu voz y vi la silueta de un hombre en mi habitación; se me encogió el corazón. ¡Llegó la pinche policía! Así de segura estaba de que alguien quería hacerme daño. Llegaron y me pidieron pasar y entraron y despertaron a mis roomies para saber si de verdad no había ninguna amenaza. Creo que necesitas volver a terapia, me dijo mi amigo.  

En mis pesadillas siempre te grito, enfurecida. Te grito mucho. He concluido que lo hago porque es un intento por recobrar un poco de dignidad. Contigo viví la degradación en dos sentidos: me hiciste minúscula y lo hiciste poco a poco.

No fuiste una buena persona ni siquiera cuando todo terminó. Asumiste una posición horrible, intimidante y abusiva, y yo me ausenté de espacios que también eran míos para evitarte. Algunas personas notaron tu actitud y me lo dijeron, preocupadas; otras prefirieron hacerse pendejas. No es para tanto, dice tu amigo que no tiene ni idea de qué chingados siento cuando me salgo de La Faena. Él qué va a saber que no puedo compartir nada contigo porque me aprieta el pecho y me tiemblan las manos. Huyo porque me afecta verte y luego tengo pesadillas. Te vi hace semanas en El Péndulo y estuve a punto de acercarme para decirle todo esto a la morra con la que ibas, ¿sabes? Tenía toda la intención de hacerlo. Empecé a moverme sin darme cuenta y entré detrás de ustedes, pero ya no los vi. Quería decirle: me da miedo el bulto en que yo me convertí con él, lo costoso que fue su paso por mi vida. 

La verdad es que hay hombres que han hecho menos que tú y están en tendederos de denuncia. El día que te grité, después de que me insultaste, salió toda la ira ahogada de cómo me habías tratado por meses: de cuando te acercabas y me decías que estabas harto y hasta la madre de mí, o te inclinabas y me gritabas al oído, o me empujabas hasta que yo te empujé de vuelta, o me acusabas de coquetear y hacías más escenas de celos, o me hacías sentir mal por no darte cosas que tú nunca me ibas a dar, o me mentías, o a veces me preferías y a veces no, o te ibas. Toda esa violencia, esa posesión. Ese día de diciembre que “cogiste conmigo” y no te diste cuenta de que yo estaba dormida de lo borracha que estaba, mi cara boca abajo contra la almohada y tú todavía intentando cogerme. ¿Violarme? No podría decir eso, me da miedo, suena fuerte y culero y en ese momento eras tú y era yo y no. Pero hablé contigo después, ¿lo recuerdas? Te dije que ese día estaba demasiado peda y quedándome dormida y que no había estado chido; que yo ni siquiera me estaba moviendo. Te disculpaste y yo lo dejé pasar por idiota, porque te amaba. 

Me decías que querías tener mis bebés, que me amabas, que querías irte conmigo a hacer el posgrado, que… Y luego me gritabas encabronado: “Te amo y sólo puede ser a escondidas, no tengo nada más que ofrecerte, entiende” y me hacías polvo. ¿Te sorprende que te amenazara con contarle todo a X porque te negabas a hablar conmigo cuando yo estaba ya vuelta loca? ¿Que me besara con otra persona en un intento por ejercer mi libre voluntad, porque de otro modo me admitía una cosa tuya (y así me comporté por mucho tiempo)? ¿Que viera tu celular porque a las personas les decías pestes de mí, mientras a mí me decías cosas de enamorados? (Y decías: no debería importarte lo que le diga a los demás de ti, así como a mí no me importa. Lo que nos digamos es lo importante). Pero no, Julio. Mis amistades recabaron mis testimonios por meses, sabían qué estaba pasando y cómo sufría. Y hablar contigo me hacía abandonar mis defensas, porque rápido te perdonaba. 

¿Te sorprende que empezara a odiarte después de que me maltrataras por tanto tiempo? Un día te pregunté si a X también la habías empujado. Me dijiste, muy serio, que no, nunca. Entendí: entonces es otro castigo para mí por acceder a una relación que tú buscaste. Es un castigo por puta. 

Y concluyo: sigo soñando que te grito porque ésa fue la única vez que realmente me defendí de ti. Quiero recordarme gritándote, defendiéndome. 

Nadie supo actuar, nadie supo qué hacer conmigo ni durante ni después. Me salí abruptamente de mi hogar porque ya no soportaba un día más de tu presencia y porque tenía muy claro que me ardía todo y que estaba a punto de hundirme. Bandera roja. Dejé el departamento y volví porque estaba involucrada emocionalmente contigo, dependía de ti y de lo que hicieras (aunque eso fuera hacerme daño). Bandera roja. Me aislé de mis espacios del Colegio porque me juzgaban por reconocerte violento y seguir contigo. Bandera roja. Mis padres, desarmados. Mis amigos, desarmados. Wey, ¿por qué dices que te trata culero y luego llegas a casa de Y con él? Aprendí que nadie está listo para acompañar a las víctimas; no estamos preparados, no sabemos qué hacer. Yo ni siquiera fui capaz de decirte adiós. Fuiste tú quien terminó todo, y no sabes cómo te lo agradezco. 

Todavía me privo de ciertos lugares porque tú estás ahí. Y claramente a ti nunca te ha dolido así mi presencia; te expandes y lo abarcas todo sólo porque puedes. ¿Qué lugar ocupamos hoy, quién se mueve de qué forma? Ahí se lee toda nuestra historia. 

Ahora que mi amor se apagó y somos dos desconocidos, mis recuerdos quedan impregnados de toda esta mierda. Hay días, como hoy, en que no duermo y vuelvo a pensar en todo, buscando dónde me perdí a mí misma, todos los errores que cometí, mi agencia y mi responsabilidad. Todavía me es rarísimo conciliar esos últimos meses con la amistad que tuvimos. Muy a mi pesar, todavía separo líneas de tiempo, como si mi amigo y esta persona fueran distintos. Mi amigo me amaba, era honesto y sensible, me escribía todos los días, me pasaba poemas y se reía conmigo. Mi amigo dejó de hablarle a Z porque me acosó en una fiesta. Esta persona comenzó a odiarme y actuar en consecuencia, moviéndose a la ofensiva y con tanto egoísmo. Yo amé a los dos. ¡Todavía insisto que me amaste! Porque me convenciste, me mirabas y me besabas como si me amaras. ¿Pero cuántos hombres dicen que aman (y genuinamente lo creen) y luego van y matan? ¿Cómo entiendes tú el amor? Quién sabe.  

No creo que sea una mala persona, digo, y respiro porque pienso 2016, 2017, 2018, chance puede y quiere cambiar, aunque conmigo nunca se disculpó como yo quisiera. Chance puede cambiar aunque para mí “doloroso” ahora tiene otro sabor, como de ampolla. Doloroso palpita y no es una herida abierta, pero el menor roce resulta amenazador. 

Escribir esta denuncia significó, para mí, elegir entre el recuerdo de dos personas. Quizá por eso tardé tanto en escribirla. 

 

Sunday, 26 January 2020

Círculos

Llego dando los buenos día a los policías, les sonrío y ellos me dicen que tenga bonito día señorita. Subo las escaleras porque aprendimos que es mejor así por la fila infinita en los elevadores y porque al fin son sólo cinco pisos. Entro dando los buenos días a las recepcionistas, mis compañeros y colegas si ya llegaron, mi jefe que está escuchando jazz o algo así en su oficina porque llegó desde las cinco y media y ya está cansado. Me siento en una oficina que comparto con mis compañeros con quienes también compartí mesas en la universidad y es una sensación extraña, como una versión distinta de la vida diaria de hace años pero no tantos. Hablamos y nos carcajeamos y luego llegan más y decimos qué clase de sala de estudiantes es ésta.

A veces los días son iguales y lentos, de trabajo constante y planeación que no es urgente; en otras ocasiones surgen los bomberazos y andamos en chinga, entretenidos y divertidísimos y emocionados como si estuviéramos a  prueba y el objetivo fuera ganar un juego que nadie tiene muy claro. Armar todo antes del día siguiente muy temprano en la mañana o armar todo y que alguien diga sí, justo eso, hay que hacerlo todo, o armar todo por el simple placer de ingeniártelas.

Antes escribíamos y trazábamos en el pizarrón para entender la Revolución iraní y ahora lo hacemos en palabras que hasta hace poco me resultaban ininteligibles. Se amplía mi vocabulario, hablo con seguridad expresiones que son imprescindibles para que el otro entienda qué quiero decir, en lenguaje técnico creo: la flota, el parque vehicular, las características físico mecánicas la movilidad el derecho a la ciudad los lineamientos de operación los hechos de tránsito el carril exclusivo el reglamento provisional los acuerdos mínimos las mesas de trabajo las rutas las concesiones. Hablo ya sin conciencia y a veces pienso cuál era mi vocabulario anterior: dependencia interdependencia democracia autoritarismo capitalismo Chiang-Kai-shek izquierda derecha la crisis la fragmentación del sistema de partidos la Guerra del Golfo y el intervencionismo y las potencias y el Estado. El campo semántico me arrulla porque aquí vivimos en colectivo un sentido limitado, una comprensión mutua de todo que es demasiado y abrumador entonces hay que ponerle un círculo alrededor.

Recojo palabras subyacentes que no estaban en las teorías ni en las lecturas y dijimos tanto tan seguido: los seminarios las clases la biblioteca la cafetería y la sobremesa la lectura imprimir la lectura pasar todo el día en el Colegio levantar la mano y preguntar y que el profesor te pregunte y no saber y qué vergüenza y hablarle de usted a todos y saberme insignificante porque estoy aprendiendo y hay que ser humilde y reconocer que no sé. Y luego pasar todo el día en la oficina ahí te toman un poco más en serio porque vienes de un lugar donde se supone que las cosas se hacen bien, que te hicieron bien a ti o que todas las horas en la silla carmesí te nombran suficiente o digna de hablar y que te escuchen. Porque algo debe significar ese nombre y que esté en tu cv.