Tenías doce años y yo nueve, así que todos te señalaron con dedo acusador y dijeron que yo era apenas una niña, pero que tú sabías muy bien lo que hacías. No les dijiste que la había roto yo, ni que habías intentado convencerme de jugar en otro lado previendo mi torpeza. Te llenaron de insultos y tú sólo me miraste, cansado y harto, mientras yo sonreía con picardía. Tu abuela, que sabía que nada mataría mi voluntad intempestiva de ser contigo, tomó tu rostro entre sus manos y lo acarició. Sebastián, tú también eres un niño. Jueguen mucho, no van a jugar toda la vida.
No van a jugar toda la vida. Ahora me pregunto si se refería al fin de la infancia o al final de nuestras vidas, o quizá a que los caminos se bifurcan y nos perdemos para siempre. Nos aferramos a las personas porque la compañía nos quita lo fragmentario, porque nuestro reflejo en pupila ajena resplandece con verdades insoportables y fidedignas: no somos sólo cuerpos que suben y bajan como mareas; existimos fuera de esta bóveda fugaz y vulnerable.
Y así nos creemos solos. La aflicción, la tristeza, ¿cómo poner palabras a lo incapacitante? Le dejamos la tarea a los poetas, pintores, artistas; nos convencen de que la agonía propia es intransferible, pero que tal vez una imagen o unos versos logren esbozar lo que nos atormenta. Ahora soy escéptica de la imposibilidad de sentir tú y yo, sentir nosotros, sin intermediarios. Hoy romper ventanas y escabullirnos sería igual que recitar un credo lacónico: creo que soy, creo que eres, creo que somos. Tal vez por eso abandonamos estos juegos utópicos y aterradores en la infancia, cuando todavía somos ciegos a su magnitud.
Antes olías la tierra mojada y me contabas historias de lo que ocurría debajo, de los gnomos de jardín que reclutaban todas las manos posibles para proteger sus tesoros del aguacero; cubrías mi espalda desnuda, irritado, para que el sol no me quemara; respondías mis comentarios sarcásticos y rudos con sorna, pero tu mirada escondía pesadez por mis ofensas. Después crecimos y nos sentamos uno frente al otro y conversamos; aprendimos quiénes fuimos, conciliamos la amistad infantil con la nueva. Te observé alto y con rasgos endurecidos, solemne. Nuestros juegos ya no fueron nunca disparatados ni desordenados. Nos olvidamos de la aventura del escondite, de saltar la cuerda hasta la perdición, de perseguirte sin otro objetivo más que alcanzarte, enrojecida y sin aire, exclamar te tengo y abrazarte—
No van a jugar toda la vida. ¿El tiempo sólo se mueve en una dirección, ininterrumpido? ¿El tiempo es irreversible y asimétrico? ¿El tiempo pasa o sólo es? El tiempo me empequeñece y me convierte en una mota de polvo, una lápida, en historias en boca de personas sin nombre. ¿Tu vida murió contigo o morirá con quienes dejaste atrás? Porque el tiempo transcurrido, el pasado y nuestros juegos y nuestros no-juegos, no deja de sucederme nunca: pasa por mi puerta una y otra vez, como un animal malherido que no termina de desangrarse.
