Saturday, 27 April 2019

Jueguen mucho


Tenías doce años y yo nueve, así que todos te señalaron con dedo acusador y dijeron que yo era apenas una niña, pero que tú sabías muy bien lo que hacías. No les dijiste que la había roto yo, ni que habías intentado convencerme de jugar en otro lado previendo mi torpeza. Te llenaron de insultos y tú sólo me miraste, cansado y harto, mientras yo sonreía con picardía. Tu abuela, que sabía que nada mataría mi voluntad intempestiva de ser contigo, tomó tu rostro entre sus manos y lo acarició. Sebastián, tú también eres un niño. Jueguen mucho, no van a jugar toda la vida. 

No van a jugar toda la vida. Ahora me pregunto si se refería al fin de la infancia o al final de nuestras vidas, o quizá a que los caminos se bifurcan y nos perdemos para siempre. Nos aferramos a las personas porque la compañía nos quita lo fragmentario, porque nuestro reflejo en pupila ajena resplandece con verdades insoportables y fidedignas: no somos sólo cuerpos que suben y bajan como mareas; existimos fuera de esta bóveda fugaz y vulnerable. 

Y así nos creemos solos. La aflicción, la tristeza, ¿cómo poner palabras a lo incapacitante? Le dejamos la tarea a los poetas, pintores, artistas; nos convencen de que la agonía propia es intransferible, pero que tal vez una imagen o unos versos logren esbozar lo que nos atormenta. Ahora soy escéptica de la imposibilidad de sentir tú y yo, sentir nosotros, sin intermediarios. Hoy romper ventanas y escabullirnos sería igual que recitar un credo lacónico: creo que soy, creo que eres, creo que somos. Tal vez por eso abandonamos estos juegos utópicos y aterradores en la infancia, cuando todavía somos ciegos a su magnitud. 

Antes olías la tierra mojada y me contabas historias de lo que ocurría debajo, de los gnomos de jardín que reclutaban todas las manos posibles para proteger sus tesoros del aguacero; cubrías mi espalda desnuda, irritado, para que el sol no me quemara; respondías mis comentarios sarcásticos y rudos con sorna, pero tu mirada escondía pesadez por mis ofensas. Después crecimos y nos sentamos uno frente al otro y conversamos; aprendimos quiénes fuimos, conciliamos la amistad infantil con la nueva. Te observé alto y con rasgos endurecidos, solemne. Nuestros juegos ya no fueron nunca disparatados ni desordenados. Nos olvidamos de la aventura del escondite, de saltar la cuerda hasta la perdición, de perseguirte sin otro objetivo más que alcanzarte, enrojecida y sin aire, exclamar te tengo y abrazarte— 
No van a jugar toda la vida. ¿El tiempo sólo se mueve en una dirección, ininterrumpido? ¿El tiempo es irreversible y asimétrico? ¿El tiempo pasa o sólo es? El tiempo me empequeñece y me convierte en una mota de polvo, una lápida, en historias en boca de personas sin nombre. ¿Tu vida murió contigo o morirá con quienes dejaste atrás? Porque el tiempo transcurrido, el pasado y nuestros juegos y nuestros no-juegos, no deja de sucederme nunca: pasa por mi puerta una y otra vez, como un animal malherido que no termina de desangrarse. 

Saturday, 13 April 2019

Victimismo mujerista

Hace un par de años publiqué una carta para un compañero que disfruta escribiendo comentarios polémicos sobre el aborto, los feminicidios y no sé qué. Cambié su nombre por Usuario de Facebook y el mío por Otra porque era algo que nos trascendía. Borré el texto hace poco, pero una amiga que entonces trabajaba en Plumas Atómicas me pidió permiso para publicarlo. 
Se puede leer aquí: https://plumasatomicas.com/cultura/usuario-facebook/

Me interesa escribir algunos puntos sobre por qué hoy no la siento mía. 



1. La carta está mal escrita, es simplona, emocional y encima está adornada con negritas para efecto dramático, cortesía de quien la haya publicado. Es perfecta para un medio de difusión con tanto alcance: la lees en el celular cuando vas en el camión y la olvidas al día siguiente. 

2. No me interesa ya entablar conversación con personas como mi compañero. El diálogo no se construye sobre las cosas que sabemos o ignoramos, sino sobre algo más primario: empatía, bondad, apertura. 

3. El texto es reduccionista y está empapado de lo que Marta Lamas llamaría “victimismo mujerista”. Jamás volvería a escribirlo porque ahora entiendo que se lee con despecho, pena e incredulidad; mucho menos lo publicaría. Esto no significa que comparto su opinión.

4. No pienso que tenga nada de malo escribir algo así. Al contrario, cuestiono que se descalifiquen textos en automático porque en ellos se asomen la frustración y la rabia.

5. No creo en el victimismo mujerista. 

6. Creo que se nos recibe con cejas alzadas y que la brecha de dolor es real; que muchos dudan y subestiman el sufrimiento femenino de cualquier tipo. 

(https://www.health.harvard.edu/blog/women-and-pain-disparities-in-experience-and-treatment-2017100912562, 

https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/nov/26/gender-pain-gap-doctors-women-healthcare). 

7. ¿De dónde viene, entonces, la acusación del victimismo mujerista?

Sucede que no siempre tenemos la buena suerte y la entereza de ser elocuentes; que a veces no podemos esgrimir argumentos para lo que nos atraviesa, que es mucho. Sucede que flaqueamos y el juez del colectivo imaginario, que ya se antojaba escéptico de nuestras denuncias, ahora se carcajea impúdico ante el cacareo femenino. Sucede que nos exigen lógica, racionalidad, artículos académicos que demuestren nuestro pan de cada día; nos convierten en cazafantasmas. Pero, estimados, importan las muertas e importa la sensación de que en cualquier momento nos matan: la seguridad y la percepción de la seguridad. 

8. Admito que hay cosas que prefiero no decir por miedo a que me vean, sí, víctima de mis circunstancias; pero no estamos cojas ni padecemos de ninguna condición. Vean la otra cara de la moneda.   

9. Estoy cansada de pensarme mujer. Envidio la neutralidad aparente de la que gozan los hombres (creo que le llaman “la experiencia humana”). Envidio que se sienten en cafés y se pierdan en las ideas platónicas cuando una no puede caminar tres cuadras sin que el mundo le recuerde que tiene un cuerpo. Quisiera yo también dejarlo un rato, como quien sale una tarde a colgar la ropa bajo el sol. 


Monday, 8 April 2019

El espíritu del lenguaje

Hay una dicotomía simplista que pretende explicar la excelencia de las grandes obras literarias: el fondo y la forma. El escritor goza de una conciencia privilegiada, pero si carece de talento sus percepciones morirán antes de tocar la tinta. Y la forma, en apariencia técnica y calculada, está atada al proceso creativo desde el inicio. Lo que muchos llaman “estilo literario” no es un mero ornamento que se sobrepone al texto, sino la habilidad que tiene el escritor de unir su sensibilidad y el lenguaje. Por ello su trabajo depende tanto de la posición que tiene ante el mundo.

Alfonso Reyes escribió que la literatura está aislada de las bellas artes por la naturaleza de su medio, la palabra. Mientras las artes viven del contacto directo con los sentidos (el oído, la vista), las letras sólo conviven con ellos por alusión, representación o metáfora. Para Alfonso Reyes el desempeño final de la literatura es, pues, intelectual; pero esto dista de ser consenso. Los críticos defienden que a los intelectuales los rigen el pensamiento, la razón y las ilusiones de sistematizar conocimiento; y que el artista se mueve en un mundo mucho más humilde y desordenado: no subordina ni relega sus sentimientos, es el primero en admitir las flaquezas del lenguaje y su vivacidad.  

El escritor cuestiona el triunfo de la razón, rehúsa el conocimiento como único fin de su obra y siente terror ante la castración poética. El intelectual tiene un hambre voraz por saber, pero el escritor teme que saber demasiado le quitará espontaneidad. Esta concepción curiosa proviene de la idea de que la grandeza literaria es inexplicable y que no hay una fórmula para alcanzarla, sino talentos oscuros, inasibles y naturales. Gabriel Zaid advierte que la aversión al conocimiento puede convertir al escritor en una persona que presume de su incultura. El romanticismo alemán, señaló Zaid, no prescindió del saber, sino que negó la supremacía de la razón y admitió otras formas de inteligencia. El proceso de escritura exige este conjunto de impresiones irreconciliables.

Ya desmontamos e inspeccionamos las novelas clásicas; encontramos tropos, motivos recurrentes, figuras retóricas. Desde hace años se propuso utilizar big data para reconocer patrones en los libros más importantes de la historia de la literatura (porque tenemos la esperanza de encontrar, después de todo, la fórmula mágica). Todo esto provoca en mí una profunda inquietud, que sé proviene de la disputa antiquísima entre el intelectual y el escritor. Dudo de la dominación del conocimiento científico en cualquier ámbito, pero no creo que algo pueda convencerme de su simple pertinencia en el mundo de las letras. La sistematización y la cuantificación no son iguales a la disección de un texto y el estilo de su autor. Hay que defender la lectura despierta, la métrica poética, la retórica— el análisis literario. Y desconfiar de los preceptos, de la imposición de reglas y estructuras.  

En lingüística y pedagogía se habla sobre la importancia de aprehender el espíritu del lenguaje y no sólo sus componentes. El espíritu es el sistema y la melodía propios de cada idioma, en contraste a los elementos formales —fonéticos y suprasegmentales— que se enseñan de manera cotidiana en las aulas. El estudiante de un idioma extranjero debe reconocer esta complejidad, pero no hay nadie que pueda enseñarle cómo hacerlo. Quien logra dominar un idioma lo habla así, sin necesidad de reglas de gramática u ortografía. Las palabras surgen a borbotones y las maquinaciones del lenguaje se revelan ininteligibles e impenetrables.