Hace un par de años publiqué una carta para un compañero que disfruta escribiendo comentarios polémicos sobre el aborto, los feminicidios y no sé qué. Cambié su nombre por Usuario de Facebook y el mío por Otra porque era algo que nos trascendía. Borré el texto hace poco, pero una amiga que entonces trabajaba en Plumas Atómicas me pidió permiso para publicarlo.
Se puede leer aquí: https://plumasatomicas.com/cultura/usuario-facebook/
Me interesa escribir algunos puntos sobre por qué hoy no la siento mía.
1. La carta está mal escrita, es simplona, emocional y encima está adornada con negritas para efecto dramático, cortesía de quien la haya publicado. Es perfecta para un medio de difusión con tanto alcance: la lees en el celular cuando vas en el camión y la olvidas al día siguiente.
2. No me interesa ya entablar conversación con personas como mi compañero. El diálogo no se construye sobre las cosas que sabemos o ignoramos, sino sobre algo más primario: empatía, bondad, apertura.
3. El texto es reduccionista y está empapado de lo que Marta Lamas llamaría “victimismo mujerista”. Jamás volvería a escribirlo porque ahora entiendo que se lee con despecho, pena e incredulidad; mucho menos lo publicaría. Esto no significa que comparto su opinión.
4. No pienso que tenga nada de malo escribir algo así. Al contrario, cuestiono que se descalifiquen textos en automático porque en ellos se asomen la frustración y la rabia.
5. No creo en el victimismo mujerista.
6. Creo que se nos recibe con cejas alzadas y que la brecha de dolor es real; que muchos dudan y subestiman el sufrimiento femenino de cualquier tipo.
(https://www.health.harvard.edu/blog/women-and-pain-disparities-in-experience-and-treatment-2017100912562,
https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/nov/26/gender-pain-gap-doctors-women-healthcare).
7. ¿De dónde viene, entonces, la acusación del victimismo mujerista?
Sucede que no siempre tenemos la buena suerte y la entereza de ser elocuentes; que a veces no podemos esgrimir argumentos para lo que nos atraviesa, que es mucho. Sucede que flaqueamos y el juez del colectivo imaginario, que ya se antojaba escéptico de nuestras denuncias, ahora se carcajea impúdico ante el cacareo femenino. Sucede que nos exigen lógica, racionalidad, artículos académicos que demuestren nuestro pan de cada día; nos convierten en cazafantasmas. Pero, estimados, importan las muertas e importa la sensación de que en cualquier momento nos matan: la seguridad y la percepción de la seguridad.
8. Admito que hay cosas que prefiero no decir por miedo a que me vean, sí, víctima de mis circunstancias; pero no estamos cojas ni padecemos de ninguna condición. Vean la otra cara de la moneda.
9. Estoy cansada de pensarme mujer. Envidio la neutralidad aparente de la que gozan los hombres (creo que le llaman “la experiencia humana”). Envidio que se sienten en cafés y se pierdan en las ideas platónicas cuando una no puede caminar tres cuadras sin que el mundo le recuerde que tiene un cuerpo. Quisiera yo también dejarlo un rato, como quien sale una tarde a colgar la ropa bajo el sol.
