i.
Dicen que los funerales son para los vivos, pero la verdad es que no hay nada de un muerto que no sea para nosotros. La muerte trastoca más allá del luto y la tristeza, y la suya me partió la infancia en dos: tuve años antes y después. Después nos mudamos a su casa, porque también fue de mamá en su niñez; después mamá tuvo años muy difíciles (días antes subí a su recámara, se aferró a mí y sollozó); después las tardes fueron solitarias y silenciosas. No hay manera de comprobarlo, pero sé que su muerte me inhibió, me volvió tímida y callada; terminó por encerrarme más en mí. O tal vez no tuvo nada que ver.
El día que murió yo sabía que había que llorar. Esperé los abrazos incómodos, los deseos impávidos de pronta resignación, el consuelo religioso que fue también canturreo para conciliar el sueño. Y ese día no lloré. Mi pecho vibró como si un pájaro estuviera a punto de salir y romperlo con violencia, pero no hubo lágrimas y todavía hoy no he llorado. ¿Es posible que pasen quince años de ausencia y todavía no entienda que se fue?
Sé, creo que sé que mi abuela estuvo aquí y ya no está. Pero la memoria infantil traiciona, endulza, ve todo a través de un filtro del que desconfío. Quizá Norbert Elias tenía razón y los niños deberían asistir a los funerales y ver los cuerpos así, enteros y rígidos, aunque abran los ojos horrorizados o lo que sea que imaginamos que harían. Quién sabe de dónde sacamos la pulcritud y la necesidad de mantener el cadáver oculto en las sombras; será la ciencia, la modernidad o cualquiera de esas palabras insignificantes. El punto es que al muerto hay que echarle rápido una sábana encima, no vaya a ser que alguien se dé cuenta de que estas cosas pasan. Y para sobrellevar los días ignoramos de manera admirable que la muerte es el único destino; o, por lo menos, pensamos que los demás morirán y nosotros no. Y ocultar la muerte es la perversión de los muertos. Así desenterré el cadáver de mi tortuga, por curiosidad, por interés. Fui testigo, ahora sí, del caparazón intacto, las larvas y los gusanos que se disputaban armónicas la carne que quedaba. Sin duda muchos pensarían la imagen grotesca y cuestionable (¿o qué moralidad es ésa que nos permite desenterrar a los muertos y convertirlos en espectáculo?). Intenté visualizar a la tortuga moviéndose con lentitud sobre el piso de la sala una semana antes. Me pregunté cómo se vería mi piel devorada por los mismos animales. ¿Prefiero que me entierren o que me quemen?
ii.
Darío y yo conocimos a Daniel en 2012, en el Certamen de Cuento y Poesía de la UANL. Daniel había ganado los tres lugares en la categoría de poesía y el tercero en la de cuento. Era un chico desgarbado, moreno, de pelo largo y ojos oscuros; ese día no habló con ninguno de nosotros, pero estuvo muy sonriente durante toda la ceremonia. Después me diría que había querido ganar en múltiples categorías desde el principio, para acumular el dinero. “No es por mala onda, pero la neta yo quería todo el varo” me confesó con una risotada. Daniel y yo seguimos charlando los siguientes meses; a veces, a ratos, sobre cosas que leíamos y nos gustaban. Me pidió que criticara su poesía. Me dijo que las personas estaban acostumbradas a darle palmadas en la espalda, pero que él no quería ser un mediocre; que sólo era un idiota escribiendo banalidades. Así intercambiamos nuestros textos, a sabiendas de que no volveríamos a vernos y que esa amistad (si era), estaba confinada a las letras y las cajitas del chat. Daniel bromeaba con que yo era muy blanca para escribir cosas genuinas e insistía en que me faltaba mucho mundo. “En algún punto tienes que cerrar los libros y empolvarte en la calle”, sentenció. Se alegró mucho cuando le dije, indecisa, que pensaba irme a la Ciudad de México.
Eventualmente la frecuencia de nuestras interacciones disminuyó. Conversamos por última vez a inicios de 2013, cuando él me buscó para saber cómo me encontraba y si todavía pensaba irme de la ciudad. Meses después Darío me preguntó si ya sabía lo que le había ocurrido a Daniel. “Lo atropellaron y se murió”, me dijo de pasada, mientras veía su celular. Me quedé pasmada, insegura porque debía tratarse de una mala broma. Daniel tenía nuestra edad. Su poesía era todavía de adolescente, dedicada casi toda a mujeres que idolatraba. Me parecía absurdo que sus últimos poemas fueran sobre una zorra y un sabueso, sexo, ácido y más cosas mundanas. Margarito Cuéllar y los otros jueces habían presentado a Daniel como “una joven promesa”, esas palabras que se usan sin tono para todo joven que escribe. Habría que inventarle otras a los muertos.
