Tuesday, 25 June 2019

Amatista


 


Mamá es mi primera referencia para entender la Cuauhtémoc. Por ella sé, por ejemplo, que los primeros habitantes llegaron cargando gallinas y puercos para traerse el rancho a la ciudad. 
La historia comienza así, con la travesía trillada hacia el mundo mejor. El abuelo, que vendía escobas en una carreta, se había convertido en electricista en una empresa de Eugenio Garza Sada. La empresa se puso sobre avenida Múnich para contratar hombres aunque sólo supieran de agricultura, porque también ofrecían capacitación y paciencia. 
Pero tal vez nunca se completó la transición de hombres de campo a empleados. En la Cuauhtémoc, al menos, las familias criaban animales, sembraban parcelas de maíz, colgaban manojos de chile piquín del techo y los pizcaban apenas se secaran. Las calles y sus personajes vivieron en un limbo curioso, ya no en tejabanes, pero todavía con ganas de rehuir la vida citadina. 
Cuando mamá me cuenta de su infancia, el timbre de su voz cambia y la emoción le sacude el rostro. Mamá repite historias que ya conozco para escucharse a sí misma. Cuando habla, apasionada y fiel a sus narraciones, me imagino cada palabra flotando en el aire, las cambio de lugar, juego con ellas. Sin papel y sin tinta, todas se disolverán en cuanto vuelva la cabeza.
La memoria gusta del retorno triunfal al pasado, eso que engrandece y dignifica todo lo que ya aconteció. No sé si es un truco para hacer valer la vida, un engaño consciente o algo menor. Hoy hablo con mi familia y vecinos e insisten en que algo ha cambiado. Antes la colonia estaba llena de niños todo el tiempo, dicen, las monjas eran una autoridad ineludible, las vecinas eran mejores amigas y sus hijas también. 
Las palabras apuntan todas a lo mismo: hay una profunda sensación de decadencia. Además de que las personas han envejecido, y que sus amores y amigos han muerto, la tristeza tiene más fuentes. En algún momento las ventanas se cerraron, la conversación del porche se apagó y los pequeños negocios se ocultaron, amenazados. Esos años, me dicen, fueron rojos, violentos, terribles. Pero por ahora vale la pena retroceder un poco, pintar las calles… 


En 1957, Eugenio Garza Sada fundó la Colonia Cuauhtémoc en San Nicolás de los Garza, Nuevo León. Las primeras casas se repartieron por sorteo entre los empleados de la Cervecería y la siderurgia. En una bola pequeña, blanca, estaba escrito el número de casa y el nombre de la calle; las había de tres y dos recámaras, con cocina pequeña y un baño, patios y porches amplios. Éste fue el proyecto más ambicioso de la política social del empresario: facilitar casas a sus trabajadores, pero también darles un espacio con iglesia, hospital, colegios católicos, parques, deportivos. La Cuauhtémoc compactó el mundo social de la década de los 50 cual domo de nieve; y el paternalismo aseguró la comodidad de los empleados y su lealtad. 


Don Guillermo era la persona más elegante de la cuadra, incluso cuando sudaba y se secaba con un pañuelo de seda, o más todavía porque el olor de su colonia quedaba suspendido entre los azahares. Tenía que ver menos con los trajes caros y más con su andar recogido y mirada cortés, quizá con esa voz grave que me resultaba tan atractiva.
Don Guillermo y Enedina caminaban del brazo hacia la iglesia. Ella iba con sus rizos acomodados en un peinado alto, un vestido liso y azul claro que rozaba la banqueta y zapatos de charol. Los otros matrimonios nunca caminaban tomados del brazo ni se daban la mano. Lo normal era que los hombres fueran delante y las mujeres atrás, sosteniendo una red de alambre para guardar fruta y otras compras del mercado; pero don Guillermo y Dina caminaban parejos y a él parecía gustarle tenerla a su lado, muy cerquita, tomarla de la cintura y encaminarla a la avenida. 
Al salir de casa los veía sentados en las mecedoras del porche, ella abanicándose, él leyéndole un libro. Él levantaba su mano a lo lejos para saludar y ella me sonreía. Así eran sus mañanas, cuando el olor de la panadería lo llenaba todo, sonaban las campanas de la iglesia y el trino de los gorriones, y yo caminaba a la escuela. Con esa imagen los recuerdo, estáticos en el goce. 
Mamá decía que don Guillermo estaba en otro nivel porque tenía el puesto de empleado en la empresa, y papá y los otros hombres de Amatista eran obreros o mozos. Yo no entendía qué significaba eso entonces; sólo sabía que papá se ensuciaba mucho, que trabajaba con las manos y las tenía siempre rugosas y duras y por eso a mamá no le agradaba que él acariciara su rostro.  
La familia de Dina era la única familia de dinero que conocíamos. Don Jaime, su padrino de bautizo, era un hombre soltero, viejo y greñudo que la visitaba todos los domingos. Cuando escuchábamos su coche, todos los niños de la cuadra corríamos a su encuentro gritando rondas al azar (“¡que llueva, que llueva, la bruja está en la cueva!”) fingiendo que llevábamos horas de juego a sabiendas de que las canciones lo enternecían. Le decíamos “El Padrino” porque lo era de todos nosotros, sobre todo cuando volvíamos a casa con los bolsillos rebosantes de monedas y dulces. 
Otra señal de que la familia de Dina era rica era que no la habían depositado: ella se había casado por amor. Cuando las monjas hicieron el primer censo en la historia de la Cuauhtémoc, pocos años después de su fundación, descubrieron que sólo don Guillermo y Dina estaban casados por la iglesia; y qué bueno porque Dina ya estaba embarazada. Las hermanas (así insistían que las llamáramos), hicieron que mamá y papá y el resto de los vecinos se casaran en una boda comunitaria, colectiva, pública y más palabras por el estilo. 

Las hermanas clarisas instruían a las niñas en el Colegio Isabel la Católica en educación básica, pero también en religión y faenas prácticas, como costura y cocina. Las faldas grises de tablones, los zapatos negros y las calcetas azules todavía son una visión común en la Cuauhtémoc. Pronto, para satisfacer la demanda, el Colegio La Salle ofreció lo mismo para los niños. La separación de los sexos permaneció por medio siglo, hasta que ambos Colegios cambiaron sus reglamentos por requisito de la Secretaría de Educación. El cuadro de Eugenio Garza Sada descansa sobre los pizarrones de todas las aulas, entre la Virgen de Guadalupe y un crucifijo. 

El arquitecto español que diseñó la iglesia acudió a la boda comunal cargado de planos, con su traje elegantísimo y lentes de vidrio verde. Las bodas fueron un trámite sencillo y burdo, de firme aquí y váyase, con un padre que soltó bendiciones de agua. Nadie le dio mucha importancia, aunque el aire calentó y el sol reflejó destellos dorados en el vitral de la iglesia, como si aprobara la vida que allí se fraguaba. Roberto Garza Sada caminó con el arquitecto por toda la colonia, dueño de su terruño.


Primero escuchamos que el bebé de Dina había nacido con una malformación, que su cabeza tenía una apertura enorme por la que se asomaba el cerebro. Mamá aseguró que eso no era posible, al menos que ningún bebé podía nacer así y seguir vivo. Irma, que era enfermera, la contradijo de inmediato, dijo de hecho es muy posible y hasta tiene un nombre científico, pero no recuerdo cuál. Otra vecina insistió que el bebé estaba bien de la cabeza, pero que había nacido con una mancha oscura y fea que le cubría todo el pecho; don Guillermo y Dina, buenos católicos, habían ido de inmediato con el sacerdote para pedir su consejo. Todos ardíamos de curiosidad porque nadie había regresado al número 120 desde la mañana del parto. Dina había subido al coche del Padrino abrazándose el vientre y don Guillermo la había seguido en el coche de Checo, otro vecino y amigo suyo. Desde entonces la casa permanecía cerrada y el interior, negro.
Una semana después me despertó un alarido terrible. El grito se alargó y me apretó el pecho hasta que me incorporé, creyéndome todavía en sueños. En la sala, mamá había levantado la cortina y miraba hacia la oscuridad. La calle estaba igual que siempre, con el único faro titilante echando un haz de luz amarillenta, pero las luces del 120 estaban encendidas y las sombras de tres personas se movían de un lado a otro. 
Cuando el grito terminó, le siguió un llanto desesperado, atravesado por respiraciones abruptas, y después el ruido de golpes fuertes y secos, como el ruido de un costal pesado que cae una y otra vez. Mamá me pidió que volviera a la cama, pero no insistió cuando me quedé parada en medio de la sala. Las personas habían empezado a salir a la calle para averiguar qué ocurría.  


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Estoy sentada en la mesa de mi cocina. En las palabras de mis vecinos se reconstruye esta historia de hace décadas, mosaico por mosaico, que yo tomo, escribo, edito. La historia ahora es mía, porque la ensayo y elijo las palabras que me placen. No hay necesidad de corroborar la veracidad de los hechos, si los omito o agrego. Tampoco importa porque ahora son ficción.  
¿Pero cómo ordenan ellos la narración, la “verdadera”? Empiezan con una casa de número 120, donde vivió una pareja amorosa, atractiva y de mucho dinero. Luego introducen el elemento para enganchar: la mujer estaba en el hospital, a punto de dar a luz a su primer hijo, cuando su esposo estampó el coche contra un poste camino a verla y murió. Cuentan el final con pausas, en tono suave y pesimista: a ella no volvieron a verla, pero saben que jamás regresó a Amatista. Un día llegó un camión con tres desconocidos que cargaron todos los muebles, al otro la casa estaba vacía. 
Hay otra historia que corre paralela al destino trágico de la pareja, porque en el coche iba un vecino al que llaman Checo. Checo era guapo, pero sus cejas eran muy altas o tal vez sólo estaban arquedas; su quijada pronunciada y sus pómulos hundidos recordaban a una calavera. En el hospital le dijeron con poco tacto que había quedado inmóvil, inválido, lisiado, inútil. Así se volvió loco y arrojó cosas al médico: la lámpara de la mesita de noche, la silla en la que estaba sentada su madre, sus puños. Y desde esa noche escucharon sus lamentos, gritos hondos de agonía que se extendían en la noche y lo estremecían todo. Meses después, convencido de que el dolor era insoportable, Checo pidió que le cortaran las piernas y también abandonó la Cuauhtémoc. Dicen que se hizo cristiano y que vivió el resto de su vida en Linares, donde lo acogió una iglesia.
Estamos hablando sobre los recuerdos de la infancia cuando se cuela este acontecimiento, que escucho de voces distintas con igual emoción. Los vecinos narran con naturalidad y no hay escándalo ni pausas solemnes en torno al final, que ya han aceptado; sugieren, más bien, que “la vida es así”. La vida no le pide nada a las novelas, dice una mujer, como si la desgracia fuera ineludible y la vida un drama. Los accidentes, el azar y lo impredecible no provocan ansiedad. No es necesario razonar la tristeza de la viuda o el futuro incierto del hombre que se extingue con lentitud, porque ambos son colindantes de algo supremo e inexplicable. Curioso que sí hay cierta apreciación del hecho, como si la fatalidad fuera motivo de regocijo porque pertenece al pasado común, a una herencia.
La tragedia, además, es realmente una tragedia según la definición medieval de Chaucer: la tragedia es cierta clase de relato de quien gozaba gran prosperidad y cayó de sus alturas a la miseria, para terminar de manera desafortunada. Don Guillermo y Dina padecieron el giro súbito de la rueda de la fortuna y se precipitaron al fuego cual personajes griegos, inmortalizándose. Por eso es tan atractivo revivirlos un rato entre el calor de la memoria: los narradores reconocen entre sus manos la obra perfecta.   
La historia de los vecinos jóvenes del 120 es una de muchas que narran las personas de la Cuauhtémoc. En sus palabras se cuelan elementos fantásticos que dejo fuera, porque las historias están mitificadas. ¿De verdad había una luz naranja y tenue que lo iluminaba todo? ¿No se refieren a ese halo de luz espectral que veo hoy, que es completamente normal? Cuando vuelvo de la Ciudad de México, que ha sido mi hogar los últimos años, también la veo. Camino por las calles y las siento quietas, y el tiempo corre lento y sin ganas. Las calles están vacías, pero las cubre un celofán rojo y el filtro de colores me devuelve a las horas largas de la infancia. Las hojas murmuran el aire soporífero de la tarde, el sol pica en la espalda y sí, cómo suenan las campanas de la iglesia, en todos lados y después sólo en la cabeza. 
(Ayer encontré una centena de urracas en el parque. Estaban en los árboles, en el zacate que crece bajo los columpios, en las jardineras circulares con rosales y sobre todo en la tierra. De pronto la sábana negra levantó el vuelo, gorjeando, y dejó detrás una polvareda extensa). 
La visión de pueblo perdido remonta a Comala, con los ecos y las voces lúgubres de sus muertos. ¿Pero qué muertos? La verdad es quizá menos emocional y difícil de entender, y se aparece a veces cuando admito la racionalidad. La luz es distinta de centro a norte, incluso en todas las ciudades de este país. Las horas se antojan lentas porque no hay qué hacer ni a dónde ir, sólo el fin de la conversación y la luz ordenan el tiempo. Las calles están vacías porque las personas tienen miedo o  sienten desconfianza. Y las campanas siguen sonando porque todavía nos pensamos pueblo, por costumbre o simplemente porque todavía funcionan. 



No todas las historias son tragedias bien aprehendidas que se repiten con gusto en las tardeadas vecinales. Algunas no tienen el nudo poderoso y el final lamentable de Enedina y don Guillermo; otras simplemente no tienen pies ni cabeza. Por claridad, me interesan las que describen muertes, violencias, sufrimiento. En este tipo de relatos también hay divergencias. 
Los semblantes cambian, por ejemplo, cuando pregunto por el Cuauhcalli, el restaurante popular que estaba sobre avenida Famosa. El Cuauhcalli vio pasar generaciones de novios, amigos, hermanos; era el destino común de los niños que salían de la escuela y los obreros que pasaban a comer algo antes de volver al trabajo. El establecimiento bien podía pasar inadvertido por personas que no fueran lugareñas: era mediano y tenía mala iluminación, en sus paredes azules colgaban cuadros de pueblos sin identificar y del techo pendían dos abanicos enormes. El negocio gozaba de mucha afluencia y clientes fieles.   
En 2010, el dueño del Cuauhcalli apareció colgado de un puente. El hombre se convirtió en un cadáver público o una marioneta inerte, es decir, en una de las incontables exhibiciones mórbidas que abundaban durante esos años. En los rumores se aseguró que el culpable había sido uno de los meseros del restaurante, quien lo había entregado a un cártel después de que se negara al cobro de piso. Ese mesero que nos sirvió varias veces y al que mamá luego dijo que le veía algo raro, que tenía una vibra desagradable. 
La información se esparció mediante rumores y pláticas rápidas en la banqueta, cuando las personas se encontraban al entrar y salir de sus casas; en los periódicos, nada. El asesinato también fue un anuncio de que hasta acá llegaba el narco: el corazón de una colonia obrera y de clase media baja, con una población de la tercera edad y colegios religiosos. Pasaron casi diez años hasta que los cocineros abrieron otro local con otro nombre sobre la misma avenida, frente al establecimiento que permanece desocupado y oscuro. La comida sabe igual.  
A la historia del Cuauhcalli no la acompañan comentarios de que la vida es así ni una resignación exasperante. No: las ideas quedan arrumbadas y las personas ponen cara de lástima y horror. Y las palabras hacen lo suyo, porque los vecinos señalan que el dueño era un hombre amable y bueno, que le iba muy bien en el negocio; es decir, no se merecía este infortunio. De nuevo descubro la fórmula de la tragedia: después la pudencia y los años felices, el señor encontró un final brutal. Pero en esta historia la vida no es así por el simple hecho de que no lo ha sido. La humillación del cadáver amedrentó tanto que hoy, una década después, evoco el hecho y las personas se sobrecogen. Estas formas de morir y denigrar antes eran insospechadas y se instalaron a la fuerza. 
La lectura de la nuevas muertes —o las nuevas tragedias— es un indicio de la separación entre pasado y presente, pero la forma en la que se cuenta el pasado sugiere que no hay un rechazo total a la violencia y la pérdida. Porque las palabras no refieren a un pasado paradisíaco y pacífico; al contrario, estas historias causan en mí una impresión profunda porque describen un tipo de violencia que cesó, pero que en su momento estuvo llena de significado. Entonces, pienso, la desazón de los narradores proviene de la transición a una violencia sin sentido cuando la anterior supuso parte de “la vida”. Lo veo en el placer que sienten los vecinos al contar la tragedia del número 120, pero también en sucesos de la vida cotidiana que no son inocentes, y sin embargo pasan sin mayor comentario. 
Lucilda (61), por ejemplo, habla con cariño de la vecina que mataba gatos pulverizando vidrio y mezclándolo con alimento. La misma vecina decapitaba gallinas antes de matarlas, las hundía en agua hirviendo y les cortaba las patas. A mí doña Toña me daba mucho miedo, dice Lucilda, pero ahora creo que más bien era respeto. 
Elena (74) cuenta que su esposo iba a buscarla a casa de sus padres cuando peleaban, que rompía las ventanas y sus hermanas llamaban a la policía mientras ella se escondía bajo la mesa, aterrorizada. “Depositar” a las niñas también era una práctica muy aceptada, y para muchas personas sólo significa el inicio de la vida familiar. Así pues, algunas formas violentas están consagradas, aunque para otras personas serían pura brutalidad. 

A mamá la depositaron como envase de coca cuando era muy chica y necesitaba salida del rancho porque la encerraban y no le daban de comer. Tenía catorce años, pero en el acta pusieron que tenía veinte y bajaron la edad de papá, que en realidad tenía veintiocho. Mi abuela ni se enteró porque estaba muy ida y olvidaba muchas cosas. Mamá decía que no era culpa suya y que estaba traumada porque su papá, mi bisabuelo, mató a su hermana a golpes cuando la encontró hablando con un muchacho en la calle. Al parecer mi abuela fue testigo de todo y desde ese día quedó en blanco, entre un mundo y otro.  


Esta historia capta el interés de algunos más y los atrae a la mesa. Se acercan, sirven agua para el café soluble e intervienen en la plática. ¿Y para qué escribes? No es así, contradicen a quien habla. Las ventanas de mi casa se empañan y afuera ya no hay luz, pero en la mesa se ha congregado un grupo animado para responder preguntas y añadir datos. Nadie se impone en su papel de narrador; surge la voz colectiva que guía el diálogo como marea tímida, rodeando el dolor y la extrañeza ante nueva información. De pronto estallan las risas estruendosas. Otras personas se entretienen con el café turbio y miran con recelo la libreta que dejo a la vista de todos. 
Quizá los relatos son la reencarnación del recuerdo, pero cobran otro sentido para quienes han vivido aquí toda su vida. Estas personas conviven con el pasado de manera cotidiana, caminan por lugares que ahora se elevan, monumentos de antaño. Es el caso de mamá, que se quedó con la casa de mi abuela cuando ella murió, su casa de la infancia y después de la adultez. Hoy caminamos por la Cuauhtémoc, nos detenemos en un parque que divide el jardín de niños de la primaria menor; aquí donde coincidimos mi hermano y yo un par de años. Nos sentamos en una banca de piedra, helada por el frío de diciembre, y noto que ella se ha quedado callada mirando hacia los columpios. A esta plaza nunca vengo, dice. No le pido una explicación.