Friday, 3 August 2018

さようなら, 日本


Hiroshima es un alarido. Lo componen esculturas en memoria, en defensa, en honor; el triciclo achicharrado de Shin, el niño de tres años que jugaba cuando cayó la bomba; el kimono de la abuela que preparaba el desayuno; los zapatos, los binoculares, el reloj de bolsillo que se detuvo a las 8:15. Víctimas. Las bombas borraron la masacre de Nanking, las esclavas sexuales del Ejército japonés, sus crímenes en Corea. El final feliz. 

2. Los cerezos son casi siempre blancos y se esfuman en pocos días. Se respira distinto cuando florecen. 

3. Desde el tren bala se admiran kilómetros de vegetación. Sauces, castaños y olmos serpentean entre pastizales y se atisba una que otra vaquita feliz. Pero abundan también las estructuras inútiles y horribles, los bloques de cemento que irradian calor bajo el sol de julio. Cool Japan, le llaman.

4. Hay sacrosantos. La isla de Miyajima, al oeste, está aislada de las luces y los sonidos urbanos. El torii se eleva, imponente, y su reflejo brilla naranja en el agua. El cielo se traga la tierra y todo lo que en ella existe. El templo vacío. La marea sube y baja. 



5. En Shinjuku voy sola a La Jetée, el bar que frecuentan Tarantino, Coppola, Juliette Binoche. Es diminuto, con espacio para siete u ocho personas. Tomoyo-san, la dueña, habla francés fluido e inglés un poco. Me cuenta chismes y habla sobre Ozu con mucho cariño. Lloro y le da risa.  

6. Mi amigo y yo nos sentamos en la barra de un izakaya. Somos los únicos clientes y el dueño parece encantado con nuestra presencia, aunque sus ojos me evitan.

Wife? 

Iie, tomodachi desu. (No, es mi amiga)

Me escudriña al fin.

Hanbun nihonjin desuka? (¿Eres mitad japonesa?)

Iie, mekishikojin desu. (No, soy mexicana)

Su atención se desvía de nuevo hacia mi amigo, también mexicano. Posa los ojos en mí un par de veces más, revisa que no me falte sake. Salimos después de dos horas de sus risas, mi silencio y un corte exquisito. Mi amigo entre feliz y vacilante.

— Es bien chido el cabrón, pero como que sí se pasan de verga con las mujeres, ¿no?

7. Hikari dice que soy más japonesa que él. Le pregunto qué es “ser japonés”. Se toma su tiempo para responder. No sé, dice, es como ser muy callado pero tener muchas cosas dentro; por eso luego la gente se mata. Ah no mames, gracias. Hikari se carcajea porque ya entiende mis groserías.