Thursday, 10 October 2019

La intimidad y lo genuino




Al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1994, Oe Kenzaburo dijo que el verdadero objetivo de la junbungaku (“literatura sincera”) es apelar a la experiencia íntima del ser. Oe piensa que la diferencia entre la literatura y las publicaciones cualquiera es si el escritor ha superado o no “las subculturas del capitalismo”. Él, como Tanizaki Junichiro, Mishima Yukio y Soseki Natsume, pertenece al canon de literatura japonesa. Su obra y figura se contraponen a la de autores como Haruki Murakami y Banana Yoshimoto, ambos considerados traidores por los críticos japoneses. Murakami, acusan, no escribe para los japoneses, sino para los japoneses que hablan inglés, los que quieren irse a Estados Unidos a vivir la american way of life. Sus letras no asoman las aflicciones de una sociedad atormentada: la exotizan. 

Es difícil hablar sobre qué es literatura y qué no sin ocasionar controversias. Las personas se sumergen en conversaciones acaloradas sobre las élites, se indignan por el acceso desigual a la cultura, los formalismos y el desprecio por "lo popular". La apología de una forma de literatura superior es una ofensa profunda. Pero discriminar entre literatura y productos culturales nos permite advertir la injerencia del sistema y el mercado en los libros, y sobre todo mantiene viva la aspiración de que las ideologías y críticas raquíticas no deben definirlos. El propósito de los libros ha de ser otro…

“Literatura sincera”. Oe prescindió del arte y la estética y se basó en algo mucho más primario y consecuente a la actividad literaria: la intimidad y lo genuino. La literatura debe ser libre de los medios, las masas, lo mundano. Para Oe, la literatura japonesa que encaja con esta visión es la que se escribió durante la posguerra, cuando los autores estaban comprometidos con la tarea sagrada de iluminar y guiar a la población hacia alguna verdad. Por eso el fin de la reconstrucción fue el inicio de la decadencia literaria en Japón.  

La crítica literaria necesariamente defiende que hay una jerarquía en los textos. Hay literatura de calidad y libros que, si bien se venden mucho durante meses o años, quedarán en el olvido. Pero el talento de un autor no es suficiente para asegurar que un libro se convertirá en un clásico; para que la obra perdure y alcance la anhelada inmortalidad, el escritor necesita una combinación de recursos fortuitos, una alineación de coincidencias que se pongan de su parte. El novelista excepcional no siempre se vuelve famoso. Y entonces su nombre, como su obra, perece.