Monday, 8 April 2019

El espíritu del lenguaje

Hay una dicotomía simplista que pretende explicar la excelencia de las grandes obras literarias: el fondo y la forma. El escritor goza de una conciencia privilegiada, pero si carece de talento sus percepciones morirán antes de tocar la tinta. Y la forma, en apariencia técnica y calculada, está atada al proceso creativo desde el inicio. Lo que muchos llaman “estilo literario” no es un mero ornamento que se sobrepone al texto, sino la habilidad que tiene el escritor de unir su sensibilidad y el lenguaje. Por ello su trabajo depende tanto de la posición que tiene ante el mundo.

Alfonso Reyes escribió que la literatura está aislada de las bellas artes por la naturaleza de su medio, la palabra. Mientras las artes viven del contacto directo con los sentidos (el oído, la vista), las letras sólo conviven con ellos por alusión, representación o metáfora. Para Alfonso Reyes el desempeño final de la literatura es, pues, intelectual; pero esto dista de ser consenso. Los críticos defienden que a los intelectuales los rigen el pensamiento, la razón y las ilusiones de sistematizar conocimiento; y que el artista se mueve en un mundo mucho más humilde y desordenado: no subordina ni relega sus sentimientos, es el primero en admitir las flaquezas del lenguaje y su vivacidad.  

El escritor cuestiona el triunfo de la razón, rehúsa el conocimiento como único fin de su obra y siente terror ante la castración poética. El intelectual tiene un hambre voraz por saber, pero el escritor teme que saber demasiado le quitará espontaneidad. Esta concepción curiosa proviene de la idea de que la grandeza literaria es inexplicable y que no hay una fórmula para alcanzarla, sino talentos oscuros, inasibles y naturales. Gabriel Zaid advierte que la aversión al conocimiento puede convertir al escritor en una persona que presume de su incultura. El romanticismo alemán, señaló Zaid, no prescindió del saber, sino que negó la supremacía de la razón y admitió otras formas de inteligencia. El proceso de escritura exige este conjunto de impresiones irreconciliables.

Ya desmontamos e inspeccionamos las novelas clásicas; encontramos tropos, motivos recurrentes, figuras retóricas. Desde hace años se propuso utilizar big data para reconocer patrones en los libros más importantes de la historia de la literatura (porque tenemos la esperanza de encontrar, después de todo, la fórmula mágica). Todo esto provoca en mí una profunda inquietud, que sé proviene de la disputa antiquísima entre el intelectual y el escritor. Dudo de la dominación del conocimiento científico en cualquier ámbito, pero no creo que algo pueda convencerme de su simple pertinencia en el mundo de las letras. La sistematización y la cuantificación no son iguales a la disección de un texto y el estilo de su autor. Hay que defender la lectura despierta, la métrica poética, la retórica— el análisis literario. Y desconfiar de los preceptos, de la imposición de reglas y estructuras.  

En lingüística y pedagogía se habla sobre la importancia de aprehender el espíritu del lenguaje y no sólo sus componentes. El espíritu es el sistema y la melodía propios de cada idioma, en contraste a los elementos formales —fonéticos y suprasegmentales— que se enseñan de manera cotidiana en las aulas. El estudiante de un idioma extranjero debe reconocer esta complejidad, pero no hay nadie que pueda enseñarle cómo hacerlo. Quien logra dominar un idioma lo habla así, sin necesidad de reglas de gramática u ortografía. Las palabras surgen a borbotones y las maquinaciones del lenguaje se revelan ininteligibles e impenetrables.