En mis sueños descubro, con iluminadora frecuencia, el patio de mi escuela primaria. También invoco las tarimas de los salones; mi pupitre, que con compulsión abría para observar y ordenar los lápices de colores; los pasillos tapizados con mosaico rojo; los jardines; el verde olor a césped recién cortado y el sonido del balón que retumba en el techo; la escultura de piedra de la Virgen de Guadalupe, a cuyos pies fríos dejábamos rosas, bugambilias y lirios blancos el día doce. Mi mente reconoce atisbos de la procesión de faldas cuadriculadas y zapatitos azules que día a día creció conmigo. Pero, sin falta, el patio regresa con insospechada fuerza a mis sueños, y no hay un alma en mi recinto onírico favorito.
Éste fue, durante muchos años, un colegio de niñas.
El patio central, que unía la enorme U conformada por los diecitantos salones, era el destino ineludible de las miradas perdidas que atravesaban las ventanas. Allí no gobernó la dictadura de Un Grupo de Niños Jugando Fútbol. Tampoco fue centro de insultos, jaladas de pelo, risas estruendosas o puñetazos casuales. Durante mi estancia, al menos, el patio quedó por completo impoluto de playeras sudadas, caminos de tierra y sangre, escupitajos y brebajes (que los estudiantes de L.S., en cambio, preparaban con esmero en el baño de su propia escuela).
El patio era un sencillo bloc de concreto, helado o caliente según la temporada; un mundo silencioso y pacífico que pisábamos sólo cuando salíamos del salón para ir al baño, el único paseo escolar que ha importado. Permanecía vacío incluso durante los recreos, porque la mayoría había elegido el piso y las banquitas de los pasillos, y era allí donde las alumnas se sentaban con las piernas cruzadas, procurando obstruir la visión ocasional de sus calzones rosados, y desnudaban el lonche de aluminio manchado de mayonesa. Adormecidas por el rumor de las palabras y los bostezos, y quietas, siempre quietas, pasábamos treinta minutos de cómodo sopor colectivo en nuestro anillo periférico antes de volver a clase.
Respetábamos el patio como un maravilloso cuadro de posibilidades, o quizá no concebíamos que estaba ahí para que lo camináramos. Si no conquista, sí existencia.
Cuando sueño con él, me siento postrada frente a un ancho mar negro, infinito. Las olas suben y bajan. Su sosiego me invita y leo en él la promesa de una travesía estrellada, si es que algún día quisiera yo emprenderla. Veo el patio con la inmensidad de mis ocho años, es decir, con los ojos encandilados de una niña en un mundo que se abre con velocidad vertiginosa. Y pienso.