Saturday, 8 December 2018

El escritor

El escritor es un hombre, por supuesto. Podría mentir y decir que es ella, mujer de pelo alborotado y semblante apacible, pero la verdad es muy difícil dejar el masculino genérico y la misoginia propia. El escritor es, pues, un hombre que vive encerrado largas horas silenciosas. Se despierta a las cinco de la mañana todos los días, sin necesidad de relojes o manos que toquen sus hombros con suavidad. Al alba toma agua simple o café negro y, cuando es inevitable y el cuerpo se lo exige, se zampa una comida pequeña: un pedazo de carne, una sopa. Está convencido de que comer, como el sexo y cualquier placer carnal, mata los pensamientos. No es de sorprenderse, entonces, que el escritor se desentienda de sus amantes cuando está inmerso en las letras; que goce enamorándose, pero sólo porque en la despedida es más productivo que nunca. El escritor no escribe jamás con intenciones de moralizar. Aunque tiene un puñado de principios inamovibles, se jacta constantemente de separar su arte y su militancia. Su ímpetu artístico, dice, proviene de la estética, de la necesidad imperante por compartir pensamientos y pasiones. Aunque es natural que el lector capte sus inclinaciones políticas o religiosas, el escritor nunca dedica sus palabras a una causa que no sea la belleza. El escritor sabe que su enemigo más grande es la pereza. El día que no se obligue a estar sentado por horas, produciendo apenas dos o tres oraciones, dejará de llamarse a sí mismo escritor. A veces la hoja de papel se le aparece demoníaca, como un velo que, al levantarlo, desenmascaría una sonrisa terrible. Pero la dificultad de tomar la pluma y obligarse a trazar letras se compensa con saberse disciplinado, constante, dedicado. Su vocación es escribir y hacerlo es la única manera de dar sentido al rostro que ve en el espejo. A veces de su pluma brotan párrafos incoherentes, pero el escritor sabe que no hay ofensa en describir las franjas que se cruzan en la pluma de un ganso, el arreciar de la lluvia sobre el cristal de la ventana, el cráter infinito que oculta la pupila de su amada. El escritor es arrogante y opina que a las palabras —las suyas, sobre todo— no se les debe exigir nada: ni narrativa, ni lógica. Es ridículo nombrar o categorizar todo lo que no cumple expectativas (¡cómo detesta cuando los críticos describen sus textos como “prosa poética”, aunque lo digan mientras lo elogian!)