Thursday, 27 December 2018

Llovía más antes


No sé en otros lados, pero en Monterrey llovía más antes. Llovía más y llovía muy intensamente: las gotas eran gruesas, pesadas, caían sobre el pavimento con violencia. Una caía, caía otra y en cuestión de segundos estábamos en medio de un arreciar de gotas suicidas, plaf plaf plaf; corríamos a buscar refugio en el carro, la tiendita de la esquina, la casa de la vecina que nos caía mal. Las tardes se iban enteras en ver llover. Asomábamos la cabeza y sacábamos el brazo por la ventana para sentirnos parte del cielo que caía, reíamos ante el regaño predecible de los adultos. Las lluvias antes eran torrenciales. Esos días tenía más sentido el regionalismo para referirnos a la llovizna terca y molesta, chipi chipi, porque entendíamos que la lluvia es por naturaleza vigorosa. “Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve”, escribió Cortázar, pero yo no sé, mirá, a mí me gustaban los días así, tupidos, grises, ventosos. Ahora se desdibujan en mi memoria y los recuerdo tal vez con injusticia, más fogosos y fantásticos.

Pero recuerdo mi infancia lluviosa. Se formaban charcos en la banqueta y mi hermano saltaba con malicia para salpicar mi ropa y hacerme gritar. Se inundaban los parques y pasábamos horas cazando renacuajos. Ninguno sobrevivía la travesía de vuelta a casa, pero días después aparecían de cualquier forma sapos gigantescos en el patio, inflando sus pulmones y croando sin parar. Había tormentas que se extendían hasta bien entrada la noche; los truenos nos estremecían y mi abuela tapaba todos los espejos de su casa, sobre todo el espejo enorme del peinador, para que los rayos no nos alcanzaran. Llovía y las mujeres que se quedaban en sus casas sintonizaban la radio o encendían la televisión, preocupadas, para saber si algún desafortunado había derrapado en el asfalto mojado. Llovía más y llovía muy intensamente y cuando por fin la lluvia paraba, las montañas se pintaban de amarillo, rojo, naranja; colores que se sabían perfectos para regresar después en palabras.