Este año fui poco al cine. Quizá fue así porque pasé los primeros meses en un país donde el boleto es carísimo o quizá porque, como dicen algunos, fue un mal año para la industria. Sea como fuere, el cambio fue súbito y monumental. Otros años fui a la cineteca cada fin de semana, me salté clases sin pensarlo para ir a funciones únicas, leí todas las columnas de Anthony Lane, Richard Brody, David Ehrlich. Hace poco pensé que otra explicación es que estoy desilusionada. En 2017 cargué una libreta pequeña para escribir sobre las películas que veía. Tras meses de este ejercicio caí en cuenta de que la conversación sobre cine se concentra en dos aspectos: su moralidad y sus formas. Lo segundo, que es lo que me interesa, muchas veces se reduce a la originalidad y lo raro, las excepciones que nos llaman la atención.
Pienso, por ejemplo, en el revuelo que ocasionó la escena del pay de A Ghost Story (2017). El riesgo que corrió David Lowery no fue que a las personas les desagradara o aburriera la escena, sino que sólo supieran hablar de eso; que pensaran la película tan poco y tan mal que su opinión se limitara a ese breve momento estelar de Rooney Mara. Desde luego, hay películas que promueven esto. A veces la aspiración de filmar una escena que perdure, de la que se hable mucho, es evidente y explícita. Lo es en Roma (2018) cuando durante la fiesta de año nuevo un hombre canta, solemne, con un incendio de fondo; en A Girl Walks Home Alone at Night (2016), cuando los protagonistas quedan frente a frente en una recámara y suena Death de White Lies de fondo; en The Florida Project (2017), cuando la última secuencia cambia de formato de súbito, sin previo aviso, y correteamos junto a las niñas en su fantasía triste de Magic Kingdom.
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| Adam Driver en Paterson (2016) |
Se necesita mucha fe para ser un espectador. Como un lector asiduo, el espectador escudriña con disimulo en busca de inspiración constante; se abandona a la diégesis, la realidad de la ficción, porque alberga la esperanza de que llegarán escenas, en efecto, grandiosas. Es espantoso cuando el mundo le interrumpe y se descubre en una sala de cine medio iluminada, rodeado de personas que susurran y se ríen aunque no hay nada risible en pantalla; pero qué horrible cuando quien interrumpe es la propia película para anunciar su majestuosidad. Una escena bien lograda fluye con el resto de la película. Es auténtica. En el final de Late Spring (1949), el padre de Noriko llega a su casa vacía después de la boda de su hija, la única familia que le queda. El hombre se sienta, comienza a pelar una manzana y finalmente se permite el llanto; se derrumba por su pérdida y por la soledad que le aguarda. En Phantom Thread (2017) la cámara sigue a Reynolds mientras éste busca a Alma entre la muchedumbre de una fiesta. La encuentra recargada en una pared y la toma se sostiene mientras se miran fijamente con amor y desesperación. Ambas escenas, aunque emblemáticas, no dejan de lado el resto del guión ni sobresalen de manera absurda. Son auténticas, pues; armónicas.
Hay también escenas bellísimas que pueden o no ser memorables. En Güeros (2014), Sombra tiene un ataque de pánico y la película lo representa de la manera más extraordinaria: el coche en el que está se llena de plumas. En Paterson (2016), la cámara encuadra el personaje de Adam Driver y él cubre su rostro, avergonzado ante la mirada de su novia y la nuestra, y se descubre sólo para formar una sonrisa genuina y cálida. Estas escenas, creo, son mis favoritas; guiños veloces e íntimos que no se comparten, que para unos son y para otros pasan desapercibidos.
Hay también escenas bellísimas que pueden o no ser memorables. En Güeros (2014), Sombra tiene un ataque de pánico y la película lo representa de la manera más extraordinaria: el coche en el que está se llena de plumas. En Paterson (2016), la cámara encuadra el personaje de Adam Driver y él cubre su rostro, avergonzado ante la mirada de su novia y la nuestra, y se descubre sólo para formar una sonrisa genuina y cálida. Estas escenas, creo, son mis favoritas; guiños veloces e íntimos que no se comparten, que para unos son y para otros pasan desapercibidos.

