Tuesday, 11 December 2018

El Colegio de México

En retrospectiva podemos decir que idealicé mucho El Colegio. Es normal. Empecé la licenciatura cuando tenía dieciocho años y recién salía de la preparatoria. Quería estudiar ahí desde que iba en segundo de secundaria; escuchaba palabras elogiosas de otras personas, leía esas columnas famosas y los tantos libros que, en Monterrey, sólo se consiguen en el único Fondo de Cultura Económica de la ciudad. Me emocionaba salir de casa de mis padres y tener una vida en la Ciudad de México, pero sobre todo, y honestamente, me emocionaba mucho aprender de Soledad Loaeza, Fernando Escalante, Marta Tawil, Lorenzo Meyer. Un año antes de que abriera la convocatoria hablé con algunos de sus estudiantes y ellos me vieron entre enternecidos y divertidos, como a una niña ilusa que no sabe lo que le espera.


Hay aspectos negativos que son inevitables, por supuesto: el horario se organiza de tal modo que tengamos que pasar todo el día ahí, somos tan pocos que es difícil pasar desapercibidos, “estamos condenados” a socializar entre nosotros. Las épocas de finales son espacios liminales donde se duerme poco o nada y a veces se estudia también entre sueños. Hay exámenes para los que es imposible predecir el resultado sin importar cuántas horas hayas estudiado. Pero también hay un placer innegable en desarrollar ensayos, contestar preguntas con nerviosismo y agudeza. Un examen bien hecho, como los exámenes larguísimos de Gerardo Esquivel, siempre enaltece: el estudiante reconoce que ha aprendido y que lo ha hecho bien. Así nos volvemos adictos a estudiar, responder y, sobre todo, a demostrar que sabemos y al sentimiento eufórico de “hacer las cosas bien”. Sobra decir que abundan las compulsiones ridículas: piernas temblorosas, dedos que tamborilean, ojos que parpadean involuntariamente. 

En El Colegio conocí a una profesora que admiraba y me decepcionó. Por más excelentes que fueran sus clases, la recuerdo más hundida en el halo de terror que infundía y por la tensión que crecía en nuestro salón en cuanto entraba. También encontré profesores que me inspiraron más amor por aprender que cualquier otra cosa: uno me dijo que me perdonaba el no hablar en clase porque le gustaban mis textos, otro me enviaba ensayos que creía que me interesarían con notas graciosas, otra me dijo que le agradaba que no leyera “basura de actualidad” y me remitió a más novelas, más poemas, más cuentos rusos. Me dijo, altanera y brillante, que le aburrían el socialismo y el feminismo, que la única causa que abanderaba era la de no dejar de leer buenos libros. Por ellos sé que la vocación de enseñar trasciende el aula y se materializa en el estudiante que indaga y devora. Un profesor que me dio dos clases muy buenas hoy tiene problemas con la justicia y difícilmente enseñará a las nuevas generaciones; otro, profesor invitado de Harvard, tampoco volverá a enseñar. El acoso y el abuso son terribles, pero lo son más cuando vienen de alguien que admiramos, que tiene todo para ser una inspiración y en su lugar decide provocar desasosiego. Para ellos no hay perdón. 

En El Colmex son famosas las generaciones de estudiantes que se llevan mal: se esconden los libros de la biblioteca, ponen en evidencia las fallas de sus compañeros durante sus presentaciones, hablan con sorna y pisotean en su afán por quedar bien ante los profesores. Yo me enamoré en El Colegio. Hice amigos que me han llevado al hospital, que me han visto feliz y de luto. Las autoridades repiten hasta el cansancio que la biblioteca es el corazón de la institución (por culpa de Teodoro González de León, que en paz descanse), pero es más fácil invocarlo en las conversaciones apasionadas sobre el café malísimo de la cafetería, los pasillos y las impresiones, las carcajadas que salen de la destartalada sala de estudiantes. El Colegio me formó, pero crecí gracias a un puñado de profesores que plantaron las preguntas correctas y a mis queridos compañeros, quienes dieron sentido a todo lo demás. Para ellos sólo tengo amor infinito.