Thursday, 31 May 2018

Ana Karenina y la pregunta de dios

Los libros por los que siento especial afecto son los que han alterado mi proceso de lectura, mi corta vida como polilla empolvada. Aquí encuentro libros infantiles, novelas, libros de filosofía y feminismo, pero una congregación así resultaría en una lista desastrosa e incoherente. Por eso cuando una persona me pide que le recomiende un libro mi primer respuesta siempre es Ana Karenina. Estoy segura de que piensan que la elijo porque es un clásico, porque es rusa o simplemente porque es una respuesta que te hace ver bien (por eso también me gusta recomendar, con el mismo ahínco, El rey Arturo cabalga de nuevo, más o menos). 

Hay procesos lentos, tanto imperceptibles cuanto reflexivos, que definen nuevas ideas que suplirán las infantiles. Ana Karenina fue, para mí, el clímax de una transición invisible. Leí el libro y lloré, lo releí la semana siguiente y lo escondí con celo, con miedo irracional de arruinar una experiencia que había sentido penosamente íntima. Ana Karenina se lee como una novela de amor trágico, pero en realidad (y como buena novela rusa) es también una maraña de religión, política, sociedad. Hay una segunda trama que se concentra en Levin, un hombre aristócrata y terrateniente interesado en el campesinado ruso. Durante la mayor parte de la novela Levin se encuentra perdido en el absurdo y se tortura por no lograr ser un hombre de fe. La muerte de su hermano hace que se enfrente a su ateísmo y esto marca su descenso desenfrenado a un lugar sombrío y depresivo; considera suicidarse, se casa con Kitty, tienen un hijo y Levin sigue sin lograr creer en dios. Hacia el final de la novela, durante un intercambio desesperanzado con un trabajador, Levin tiene una epifanía espiritual. Se convierte en creyente de manera abrupta, en un par de páginas, cuando hemos presenciado su suplicio por cientos. 

Leí Ana Karenina cuando cursaba segundo de secundaria en un colegio católico. Puedo recitar el credo, conozco la historia papal, me he confesado y comulgado; pero mi familia no es religiosa y yo nunca fui creyente. Pasé once años en un limbo donde veía rezar a mis compañeras y movía los labios sin creer lo que decía, como quien canta el himno nacional un lunes por la mañana. La obligación de fingir era agotadora, pero también hizo que me preguntara si me estaba perdiendo de algo espectacular. Levin envidiaba que otros tuvieran “la verdad” que a él se le negó. Yo me preguntaba si había algo envidiable en una fe que exigía tanto más que moralidad de espíritu. 
 Levin ilustrado por Helen Mason en una edición de 1919. 

Levin leyó a Platón, Spinoza, Kant y Hegel para dar alivio a su escepticismo, pero los encontró demasiado abstractos e imposibles. Las ideas de lo inmaterial no le atravesaban ni esbozaban siquiera una respuesta a su pregunta; las tesis filosóficas eran poco más que un “pensamiento artificial” y le resultaron inútiles. Aunque fantaseó con matarse repetidas veces, siguió viviendo y eventualmente obtuvo la clarividencia que deseaba en el momento más insospechado: no leyendo filósofos ni hablando con sacerdotes, sino charlando en el campo con uno de sus trabajadores en un día cualquiera. Lo más estremecedor de la novela es que Ana, la hermosa Ana, comparte las mismas preguntas existenciales que Levin, el mismo terror por el absurdo y lo perecedero. Pero Ana no consigue establecerse en un matrimonio feliz y su único momento de claridad es que le es insoportable seguir viva. Levin pronunció varias veces sus intenciones de suicidarse, pero Ana sólo lo piensa una vez y se convence en el acto. Leer Ana Karenina es encontrar el mismo dolor incrustado en dos personajes tan similares y sufrir el desenlace de sus destinos divergentes. 

La máscara cristiana de Levin se sintió como mi máscara católica, pero yo nunca gocé de su epifanía. Sentí un alivio inmenso el día que dejé de pisar iglesias en las que no creía y dejé de persignarme con dedos titubeantes. Sin embargo, mi atracción y embeleso por los momentos de iluminación no cesó, sobre todo cuando éstos dieron un final alternativo a mis expectativas forjadas por Tolstoi. En El idiota, el príncipe Myshkin tiene momentos intensos de lucidez antes de sus ataques epilépticos que refuerzan su fe cristiana; la temporalidad de su certeza es tan cuestionable como los sentimientos de cualquier hombre que se siente morir. Me encontré después con el querido Stephen Dedalus, quien en El retrato del artista adolescente tiene una epifanía en la cúspide de su crisis de fe, pero ésta no es ya divina, sino estética. Stephen observa a una muchacha en un río y lo consume la necesidad de escribir, de describirla. Se enamora fugazmente y para siempre de la belleza terrenal; decide dedicarse al arte y abandonar una posible vida como sacerdote. Quizá son estas epifanías, efímeras y profanas, a las que todos podemos aspirar.
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