Mi madre empezó a coleccionar los libros que serían de sus hijos antes de quedar embarazada. Mi madre, la única lectora en su familia de cinco hermanos, se atrevía pocas veces a pedir dinero a mi abuelo para comprar un libro. Cuando esto ocurría él le preguntaba para qué quería otro si ya tenía tres, como si El Libro fuese un objeto inmutable que ofreciera lo mismo en todas sus presentaciones. Mi abuelo le había prohibido estudiar psicología y ella se había matriculado en enfermería como sus hermanas mayores. Mi abuelo se casó con mi abuela cuando ella tenía trece años y él más de treinta; pasó un día por el pueblo en que ambos vivían y la vio en la plaza y le gustó.
Mi abuela siempre se iba a pasear a la Ciudad de México con sus hijas y sin mi abuelo (porque a él no le gustaba salir de Monterrey, le irritaba, pero igual dejaba salir a Melita con las niñas porque se portaba buena onda y pronunciaba su nombre con cariño). Mi abuela amaba el cine y llevaba seguido a mi madre al matiné. Pasaban mañanas o noches enteras viendo películas con desconocidos al aire libre, en campos de béisbol donde colocaban la pantalla en los días más cálidos. Cuando mi abuelo murió, mi abuela le dijo a mi madre de dieciocho años que dejara la carrera de enfermería y estudiara lo que quisiera, que ella vería cómo le hacían aunque no tuvieran dinero. Hace pocos meses nos encontramos a una ex profesora suya y ella se inclinó para decirme en confidencia que mi madre era una de las estudiantes más brillantes que había tenido. Mi abuela, como mi abuelo, no fue sostén intelectual para mi madre; no era una mujer educada ni entendía para qué chingados quería su hija más libros. Pero mi abuela jamás necesitó a nadie, ni siquiera a mi abuelo cuando era una niña. A ella debo tantos fines de semana de sala de cine en sala de cine y el insuperable sentimiento eufórico de ser testigo de algo bello.
En 1994, cuando nació mi hermano, mi madre ya había adquirido todas las colecciones infantiles de CONAFE. Durante nuestra infancia Lucas y yo sacamos todas las ediciones de los estantes y leímos en el piso fresco de la sala. Mi madre inventaba cuentos cuando nos llevaba a la escuela. Uno de sus favoritos era una suerte de adaptación de Cien años de soledad en la que prolongaba el fragmento inicial sobre la tarde en que el padre del Coronel Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo. Mamá siempre hablaba de la Conquista y equiparaba este momento con la fascinación de los aztecas por los objetos brillantes y sin valor que trajeron consigo los españoles. Mamá leía todos los apuntes de mis clases de historia y estudió otra vez conmigo la primaria y la secundaria y todo lo que yo he estudiado porque así goza.
Mi abuela siempre se iba a pasear a la Ciudad de México con sus hijas y sin mi abuelo (porque a él no le gustaba salir de Monterrey, le irritaba, pero igual dejaba salir a Melita con las niñas porque se portaba buena onda y pronunciaba su nombre con cariño). Mi abuela amaba el cine y llevaba seguido a mi madre al matiné. Pasaban mañanas o noches enteras viendo películas con desconocidos al aire libre, en campos de béisbol donde colocaban la pantalla en los días más cálidos. Cuando mi abuelo murió, mi abuela le dijo a mi madre de dieciocho años que dejara la carrera de enfermería y estudiara lo que quisiera, que ella vería cómo le hacían aunque no tuvieran dinero. Hace pocos meses nos encontramos a una ex profesora suya y ella se inclinó para decirme en confidencia que mi madre era una de las estudiantes más brillantes que había tenido. Mi abuela, como mi abuelo, no fue sostén intelectual para mi madre; no era una mujer educada ni entendía para qué chingados quería su hija más libros. Pero mi abuela jamás necesitó a nadie, ni siquiera a mi abuelo cuando era una niña. A ella debo tantos fines de semana de sala de cine en sala de cine y el insuperable sentimiento eufórico de ser testigo de algo bello.
En 1994, cuando nació mi hermano, mi madre ya había adquirido todas las colecciones infantiles de CONAFE. Durante nuestra infancia Lucas y yo sacamos todas las ediciones de los estantes y leímos en el piso fresco de la sala. Mi madre inventaba cuentos cuando nos llevaba a la escuela. Uno de sus favoritos era una suerte de adaptación de Cien años de soledad en la que prolongaba el fragmento inicial sobre la tarde en que el padre del Coronel Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo. Mamá siempre hablaba de la Conquista y equiparaba este momento con la fascinación de los aztecas por los objetos brillantes y sin valor que trajeron consigo los españoles. Mamá leía todos los apuntes de mis clases de historia y estudió otra vez conmigo la primaria y la secundaria y todo lo que yo he estudiado porque así goza.
Durante la primera mitad de la década de los 2000 mis padres todavía nos llevaban a pasear en coche. Digo todavía porque después de 2008 fue impensable recorrer decenas de kilómetros entre el tracatraca de las balaceras y los cuerpos decapitados que a diario se pintaban en la portada de El Norte. Pero antes de 2008 los traslados de Monterrey al sur del país estaban llenos de rayos amarillos que se colaban por el vidrio caliente, de jugo de naranja que comprábamos en la carretera y paradas continuas en panaderías y restaurantes locales; música que ya no escucho reproduciéndose en un mp3 azul eléctrico y los libros de El señor de los anillos que quedaron arrugados y rotos en los asientos. Amé todas las páginas hasta que se desgastaron.
Mamá se negó a firmar por Rodrigo Medina y se niega por el Bronco y no maquilla CVs y no firma contratos y pelea y se queja y ya saben cómo son las cosas. Y cuando llega a la casa abre la puerta y me dice estoy preocupada porque hoy dije esto y quizá me despidan mañana. No te despiden, mamá, ellos ya saben que nada más tú eres buena para la chamba. Nosotras ya sabemos que los demás son del Bronco para el Bronco; de Medina para Medina… y así, infinitamente; que ganan mucho por nada pero sí por hacer lo que ellos quieren. Y ella dice yo quiero que tú trabajes en un lugar donde puedas hablar sin temor a las represalias.
Cuando estaba en la secundaria me dijo que El Colegio de México porque Alfonso Reyes y quién más si no es Alfonso Reyes. No importa que te vayas sola, me dijo y yo creo que se dijo, yo te veo allá y no te veo en Monterrey. Cuánto tío no exclamó algo en reuniones al saber que me iba yo, mujercita de dieciocho años, al distrito federal ¡y sola! ¡Sin familia ni amigos ni nada! Y cuando me entrevisté en El Colegio de México también la pregunta del tercer profesor, con el rostro escondido entre el tiradero de libros de su escritorio y los ojos clavados en el monitor de su computadora: ¿Y no te da miedo venirte sola a la Ciudad de México? ¿No tienes ni una tía o algo? Y yo, no, no tengo a nadie, pero quiero estudiar aquí y no me importa estar sola.
Mi abuelo se llamaba Lucas, como mi hermano, pero yo me llamo Azucena como mi madre. Mi madre me nombró por ella y siento que mucho mío es suyo, que mucho suyo es sangre caliente y sentimiento y protesta y qué felicidad y qué honor ha sido ser un poquito ella en este mundo.
Mamá se negó a firmar por Rodrigo Medina y se niega por el Bronco y no maquilla CVs y no firma contratos y pelea y se queja y ya saben cómo son las cosas. Y cuando llega a la casa abre la puerta y me dice estoy preocupada porque hoy dije esto y quizá me despidan mañana. No te despiden, mamá, ellos ya saben que nada más tú eres buena para la chamba. Nosotras ya sabemos que los demás son del Bronco para el Bronco; de Medina para Medina… y así, infinitamente; que ganan mucho por nada pero sí por hacer lo que ellos quieren. Y ella dice yo quiero que tú trabajes en un lugar donde puedas hablar sin temor a las represalias.
Cuando estaba en la secundaria me dijo que El Colegio de México porque Alfonso Reyes y quién más si no es Alfonso Reyes. No importa que te vayas sola, me dijo y yo creo que se dijo, yo te veo allá y no te veo en Monterrey. Cuánto tío no exclamó algo en reuniones al saber que me iba yo, mujercita de dieciocho años, al distrito federal ¡y sola! ¡Sin familia ni amigos ni nada! Y cuando me entrevisté en El Colegio de México también la pregunta del tercer profesor, con el rostro escondido entre el tiradero de libros de su escritorio y los ojos clavados en el monitor de su computadora: ¿Y no te da miedo venirte sola a la Ciudad de México? ¿No tienes ni una tía o algo? Y yo, no, no tengo a nadie, pero quiero estudiar aquí y no me importa estar sola.
Mi abuelo se llamaba Lucas, como mi hermano, pero yo me llamo Azucena como mi madre. Mi madre me nombró por ella y siento que mucho mío es suyo, que mucho suyo es sangre caliente y sentimiento y protesta y qué felicidad y qué honor ha sido ser un poquito ella en este mundo.
