Moverme de lo que me petrifica y arrincona.
No doblegarme ante ninguna palabra.
No doblegarme ante ninguna palabra.
Volver a las montañas, a la tierra, al cielo abierto.
Volver a la casa donde mis padres crecen arrugas,
caerme y desear la rodilla ensangrentada de una niña.
Saltar ausencias y saludarlas con cortesía, como a un fantasma.
Caminar las calles a media luz.
Irrumpir en las conversaciones más tediosas.
Oscilar como un péndulo, embriagada de monotonía.
Levantarme con ligereza después de la desvelada atroz.
Recorrer enteros mis escalofríos, que me protegen.
Recorrer enteros mis escalofríos, que me protegen.
Ir a las fiestas, pero dejarlas antes de las dos de la mañana.
Volver la cabeza sólo cuando me llamen por mi nombre.
Acercarme con cautela a brazos ajenos (o arrojarme, si lo primero es impensable).
Arrojarme.
Emprender el arduo camino entre aquí y allá.
Marchar al mundo lejos que se acerca.